photoart: Joel Ormsby
Nace la tarde en este ruidoso mundo aunque desde dónde me encuentro, apenas escucho el persistente rumor del aire acondicionado. Tengo la suerte de trabajar sólo con el ruido que yo mismo produzco, lejos de la estresada ciudad. Aunque para azuzarme llamen al mismísimo Justin Timberlake con su último álbum “FutureSex/Lovesounds”, hoy no pienso dejar que nada me sobresalte. Hace unos días volví de Ámsterdam, donde me colé en una pequeña tienda de antigüedades a orillas del río, para agenciarme el “Rumours” de Fleetwood Mac en vinilo al abusivo precio de dos euros. El caso es que ojeando los discos caí en la cuenta que en la actualidad frases del tipo “Grandes Intérpretes” han pasado a mejor vida, como el polvo, la aguja y aquella extraña esponja que uno pasaba justo antes de escuchar su LP preferido. Hoy todo artista que tiene más o menos cierto éxito, escribe sus propias canciones y eso se llama ser “Cantautor”. Es una realidad. Y bastante negra para los que nos dedicamos profesionalmente a esta labor.
Los derechos de autor se han convertido en un pilar básico no sólo para las compañías disqueras, que cuentan hoy todas –grandes y pequeñas- con sus propias editoriales. También para los artistas, que lejos de preguntarse si tienen o no talento para tal oficio, se lanzan en busca de un ingreso extra, que sustituya y con creces, a los extinguidos royalties por venta.
Aunque este es el caso de sonados fracasos, existe una variante a esta evolución natural que he observado y respeto, en artistas cuyas carreras tienen una vida algo más larga. Muchos son los intérpretes que han acariciado el éxito con canciones de otros autores, que poco a poco van teniendo la necesidad imperiosa de contar sus propias historias. Todas la grandes figuras de la música han tenido un papel relevante a la hora de lanzar sus carreras -componiendo, produciendo, o simplemente aportando ideas- además de cantar. Y se debe esperar de cualquier artista inquieto, que dé más que una nota afinada. Pero esto, en personas que no empezaron escribiendo sus propias canciones, pasa cuando uno ya ha echado su carrera a andar. Y no antes.
Hoy muy pocos quieren ser “grandes intérpretes” de los demás. En parte porque hoy cualquiera compone una canción, graba un disco en su casa y lo hace sonar en la radio. Y encima cobra un dinerito por ello. Salen grupos y solistas por generación espontánea y entre el público, y lo peor, entre las propias disqueras, siembran la sensación que cualquier cosa por muy mal que esté compuesta, cantada o grabada, puede convertirse en un superéxito en cualquier momento. Esa es la teoría del “pelotazo”, la misma que te hace echar La Primitiva todos los jueves, no nos equivoquemos. Nada tiene que ver esto con la música, pues es igualmente aplicable a otras actividades ajenas a ésta. El problema es que las compañías hacen creer a estas personas que son grandes artistas, los animan a escribir, los suben al escenario y a los dos años, los envían nuevamente al instituto, al súper o directamente a la cola de cualquier oficina del paro. Nunca sacan de trabajar a un ejecutivo de cuentas de la firma Loewe. ¿Qué pasa? ¿es que los ejecutivos de cuentas de Loewe no saben cantar?. Esto también es un negocio, pero aún así, ni siquiera se preocupan de aprovechar al máximo sus posibilidades. La probabilidad de éxito de un artista malo con una canción horrible es igual a cero. Pero la de un artista malo con una buena canción es algo mayor. Y los artistas son humanos y aprenden, van mejorando. Por lo que si no tienes sentado frente a tu mesa a Shakira (qué casualidad, otra que escribe sus propias canciones)…¿tanto cuesta buscar un repertorio decente?. Es tan simple como tomarte en serio lo más básico y fundamental de esta profesión: sin artista y sin canción, no tienes nada.
Cae la tarde, abro la ventana y escucho a lo lejos el pasar de algunos coches. A mi pesar, Ricardo Arjona, Shakira o Alejandro Sanz nunca necesitarán de mí, ni de mi música, ni de mis historias para continuar con sus exitosas carreras. Es obvio. Pero no todo el mundo es Arjona. Y para los cortos de oído lo repetiré. No todo el mundo es Arjona.





