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Explicaciones para todos

31.10.2007

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fotografía: Rosella Neiadin

Me he esforzado en dar explicaciones, aunque nunca he sido yo el que ha dado el primer paso. Eso de dedicarme a lo que me dedico despierta la curiosidad de muchos, y la desinformación al respecto es grande. Muy pocos entienden verdaderamente que nuestro oficio sea tan libre y sencillo como el de hacer canciones. Eso, no puede ser un trabajo. Y si lo es, está claro que lo mejor es que te busques uno nuevo. Los amigos preguntan. La familia sospecha. Los vecinos sentencian. El peso de la hipoteca aplasta cualquier halo de esperanza en la vocación natural de la raza humana. Y qué profesión hay más antigua y a la vez, humana, que el de contar historias, con una pluma, un pincel, una cámara o un piano. ¿En qué momento dejamos de creer en eso?, o al menos, ¿de entenderlo?.
“No hay respeto por nada” es una de las frases más oídas en esta tierra de alegres libertades en la que vivimos. La sociedad de muchos derechos y pocos deberes, la bautizan algunos. Pero lejos de refregar esta reflexión por la triste cebolla que es la clase política actual, antes de convertir cualquier problema en una guerra partidista de intereses de unos pocos y ahogar las penas en un par de amnésicas cervezas, diré que no hay respeto por la música, que es “nada” para algunos y “todo” para mí.
El problema de la piratería tiene multitud de explicaciones y puntos de vistas. Muchos de ellos son totalmente ciertos, le guste o no a la SGAE o a los fanáticos defensores de los derechos de esta nueva especie a la que pertenecemos muchos marineros de nuevo siglo, llamada los internautas. Resquicios en la ley, cuestiones intangibles, barreras contra el progreso… Me he tomado la molestia de leer el código penal y la ley de propiedad intelectual y puedo asegurar que en mi opinión todos, a su manera, mienten. Pero si auscultamos como buen doctor la raíz de esta patología yo me quedo con algo fundamental: ¿Por qué queremos gratis lo que nunca lo ha sido?. Si algo es gratis, la gente es capaz de hacer cola hasta para recibir collejas. La prueba es sencilla, no hay más que buscar cualquier regalo que incluya un periódico en fin de semana, del tipo: “libro de Macroeconomía Avanzada bajo las teoría keynesianas”, y la fila que se forma delante del quiosco cruza la manzana. Salvo delincuentes congénitos y otras excepciones, uno no entra en una tienda de ropa, se prueba unos zapatos y sin pasar por la caja, se va a su casa con ellos puestos. No hasta que, claro está, todos tengamos una máquina en cada hogar, que introduciéndole un trozo de cuero barato, te cosa una copia de unos Lotusse de ciento noventa euros el par. O mucho mejor, que salgan los zapatos por la impresora, negros y brillantes, listos para pasearse. Entonces ¿para qué la tienda?.
Vivimos en el mundo de lo fácil, pero mucho peor, de lo falso. Seguramente el mundo ni siquiera sea mundo, más bien sea una imitación de lo que un día se llamó mundo. Y aquí estamos sin coscarnos. Somos felices comprando camisas de Dolce & Gabbana a diez euros sobre una manta y la única razón es que, como en apariencia son iguales, uno termina por asumir que han sido cosidas a mano por los modistos italianos. El caso es que uno va por ahí paseándose con una camisa falsa de diez euros que le hace sentirse bien, pero es incapaz de gastarse un euro -que es por ejemplo, lo que vale comprar en iTunes legalmente una canción- que le encanta. Esa que le recuerda a un viaje pasado, a un amigo cercano o que simplemente escucha cada mañana, entre una marea de coches, justo antes de entrar a trabajar. Un euro es lo que vale un café, la propina que das al aparcacoches o menos de lo que cuesta un molesto politono. Por lo tanto, no es un problema tecnológico, ni económico. Es un problema de respeto. Nos da exactamente igual quién haga qué y de qué forma, mientras llegue a nuestra mano a la voz de ¡ya!. Y ahora son la música, las películas y el software. Cada vez y de forma más potente se están introduciendo la ropa, los medicamentos, las entradas de los eventos… Y el día que alguien invente el Emule de los Bolsos cerrarán los grandes almacenes.

Me he esforzado en dar explicaciones, empecé a decir. Pero al igual que es imposible hablar de todo esto sin parecer demagógico –y juro que siempre lo he intentado-, es inútil cambiar mi entorno, mantener esta conversación con alguien a quién su trivial curiosidad sólo le empuja a preguntar cuánto dinero se lleva un autor de cada canción por bajada legal. La respuesta es sencilla: muy poco. De ese euro, poquísimo. Pero muy poco es mejor que nada, y esa es de las primeras cosas que el hombre aprende en esta vida. El mercado de lo falso siempre ha existido, pero el límite claro y preciso que marcaba su parcela se ha ido diluyendo. Nadie sabe distinguir lo que está dentro y fuera de ese área. En el aspecto musical, las compañías discográficas han inundado el mercado de gente que hacen pasar por artistas con el firme lema de “todo vale”. Esos que empiezan a cantar, luego anuncian champú y terminan presentando programas. ¿Alguien ha visto alguna vez a Sabina anunciando champú? ¿A Camarón, a Lenny Kravitz, a Calamaro, a Bebe…?. Ya nadie sabe lo que es de verdad y lo que no. Quién es real y quién es una falsa creación. La desconfianza es total y la ley máxima de esta industria en los últimos años ha sido que cualquiera puede triunfar, y eso es mentira. Parece que todo está en manos de la suerte, que todo depende de los contactos y el tamaño del chanchullo. Y por culpa de todo esto alguien que tiene verdadero talento termina quemando horas en ZARA o revelando radiografías, cagándose en la madre que parió a los que manejan los hilos de esta amarga comedia. Pero no nos equivoquemos. La culpa la tenemos todos. Por apoyar y aplaudir siempre los atajos, los rumores, las réplicas. Lo falso.

Muy pocos entienden verdaderamente que mi oficio sea tan libre, sencillo y real como el de hacer canciones. Esto creo que ya lo he dicho. Pero yo me he esforzado en dar explicaciones hasta a mi suegra de cómo me gano la vida. A la chica de la limpieza, al banquero, al del bar del desayuno, a mis vecinos, al amigo que no compra un disco original ni aunque sea mío, al que iba a menudo pero ahora hace un siglo que no pisa una sala de cine ayudando a que la taquilla caiga en un 40%, al metrosexual que compra las camisas de Dolce & Gabbana a diez euros y al que encarga sucedáneo de viagra por internet… En definitiva: explicaciones para todos.

Y tengo la terrible sensación que nadie me cree.

Son pasadas la medianoche. Silencio. Un respeto.

Que aquí, aunque parezca mentira, seguimos trabajando.

foto: Gonzalo Sainz-Trápaga

Han pasado cinco años desde que recibí mi primera llamada oficial de una editorial. En realidad fue un día cualquiera, con un cielo que no recuerdo y en plena calle, dirigiéndome a no sé dónde qué sitio. Después de todo un año enviando cedés -de todos los colores y tamaños, y esto es literal- junto a mi socio y grandísimo letrista Jesús Domínguez, por toda la geografía española, aquella invocación parecía provenir del mismísimo cielo. Y no, no fue San Pedro ni mucho menos quien predicaba por el altavoz. Tras el aparato se encontraba San Javier Dean, entonces A&R de BMG Ed., y actualmente en EMI. Nos llamó a la cuarta canción, convencido de que podía mover nuestro repertorio y con suerte, acceder a un catálogo de artistas para nosotros inalcanzables. Aquello encendió la mecha de la ilusión y sin dudarlo ni un solo instante, faltos de cariño, viajamos a Madrid a conocer al responsable de que con sólo una llamada, nuestra autoestima cotizara en Bolsa.
Javier Dean es un encanto de persona. Recuerdo su despacho compartido, colmado de maquetas. Había cedés apilados hasta en la cornisa de la ventana. A pesar del trato exquisito y la gran oportunidad que se nos presentaba, salí de allí bastante preocupado. Fui consciente en aquel mismo momento de que había muchísimos autores como nosotros que habían dejado su material sobre aquella enorme montaña de sustrato de policarbonato plástico. “¿Cómo demonios van a reconocer y valorar nuestro trabajo entre todo aquello?” pensé, olvidándome por completo que ya lo estaban haciendo.
No hacía mucho que había dejado Madrid tras mi etapa universitaria y mientras recorríamos de vuelta la avenida de Los Madroños, antigua sede de la editorial, me sentí como el personaje provinciano de Paco Martínez Soria paseando por la capital. Armados con un teléfono y un listín casero impreso de varias páginas webs, probamos suerte en otras editoriales y compañías. “Somos jóvenes autores”, “hemos viajado hasta Madrid” y “si tuvierais unos minutos” fueron las frases más empleadas. Y funcionaron. Nuestras primeras canciones con una artista de la disquera de Pepe Barroso nos permitieron reunirnos con José María Martínez, entonces director artístico de PEP´S. Con fortuna telefónica nos citamos con Dominic Gibson y Jesús Amaro, residentes de la Editorial NOVA, perteneciente a aquel estúpido ejemplo empresarial llamado GRAN VÍA MUSICAL. Con Juan Tomás Tello de EMI nunca logré hablar, aunque sí con su amable contestador varias veces. Y para acceder a UNIVERSAL utilicé el nombre de un contacto que me chivaron desde Sevilla, aunque de poco sirvió, porque no conseguimos pasar de los sofás que acompañaban la recepción. Recuerdo que habíamos compuesto un tema para Sergio Dalma que denominábamos muy orgullosos: “el tema”. Lo grabamos en un cd, imprimimos el título lo más grande posible y lo entregamos allí, al lado de una señorita que no paraba de contestar al teléfono.
En cinco años todo ha cambiado. Javier Dean ahora trabaja en Emi y su anterior editorial la ha comprado Universal. Pep´s apenas existe y lo poco que encuentro de ellos es el sello de la ranita detrás de algunos de sus antiguos artistas que hoy trabajan con otras compañías. Nova, Muxxic y Gran Vía Musical desaparecieron, y con ellos aquel tipo excéntrico y divertido de nombre Dominic, quien de pié en su despacho gesticulaba sin freno, tocando solos de batería en el aire -¿qué será de él?-. Universal tenía dos hermosas plantas en un gran edificio que se han convertido en una, y además a Sergio Dalma nunca le llegó nuestro tema. Esto lo sé de muy buena tinta –más bien de su propia tinta-, porque ha sido este verano cuando al fin lo ha escuchado, y ha estado muy cerca de incluirlo en el nuevo álbum que está acabando. Cinco años después.
Alguien definía el mundo de la música como una gran estación por donde pasan innumerables trenes. Al contrario que en otras profesiones donde las oportunidades son escasas y surgen una vez en la vida. Aquí el problema no es pillar un tren. Más bien es que nunca sabes dónde vas a acabar. La mayoría llegan a sitios cercanos, a rincones comunes y vuelta a empezar. Pero a veces el trayecto es más largo, cruza océanos y continentes. Y te ves tocando, escribiendo o colaborando en lugares insospechados. Un día suena el teléfono y te comentan que alguien quiere grabar tu canción en El Líbano, y no sales de tu asombro pensando cómo cojones has llegado hasta esa parada.
Nosotros tomamos el tren que iba a Madrid hace cinco años, el AVE para más determinación, y aprendimos a movernos por esta gran estación. A ponernos en la cola. A comprar buenos billetes. Aquel tema que hicimos para Sergio Dalma hoy se encuentra grabándose en México, de la mano de un gran productor llamado Memo Gil –Maná, Ricardo Arjona…- y un genial artista llamadoMijares.
El título, lo más paradójico. “Y sigo aquí esperando”.
Cinco años después. Como viajeros en el andén de la música.

Estas palabras están dedicadas con mucho cariño a Javier Dean. Por ser el primero.

fotografía: Satanslaundromat

Los libros de Milan Kundera acompañaron mis mañanas universitarias allá por Madrid, cuando Internet era una carretera comarcal recién asfaltada y muy pocos gozaban de un buen automóvil para cruzarla. Entonces uno no quemaba su tiempo en viajes lentos y absurdos, hacia ningún lado. Se quedaba en las escaleras de la facultad, leyendo obras como “La insoportable levedad del ser” de cara al peatón, esperando que alguna chica guapetona y de obligado aspecto intelectual se arrimara curiosa. Explicar lo insoportablemente leve que era el ser para el escritor checo, daba suficientes motivos para tomar un café y “algo más”.
Hoy en día si deseas tomarte un café y “algo más” con cualquier editor, A&R o mandamás de alguna compañía discográfica, más te vale haber tenido algún golpe de suerte, llámese canción, disco o tocata, con cierta repercusión. Si no es así, es probable que hasta te toque a ti pagar la merienda. No hace mucho, en una gala organizada por SGAE llamada “La noche de los autores” coincidí en la mesa con Pedro Herrero, componente del grupo Los Pecos, todo un clásico, y me recordó con enorme sabiduría que en la industria musical, como en la vida, “a la primera siempre invitas tú”. Pero tras esa costosa ronda, todos buscamos con cierta esperanza que más pronto que tarde se cambien las tornas.
¿En qué momento pasamos de ser el tío pesado que llama a las discográficas, al tío orgulloso que recibe las llamadas de las mismas?. Muy fácil. Cuando haces éxito.
El éxito es un concepto bastante general y muy manipulado, por lo que a veces parece imposible desligarlo a la imagen de grandes gafas de sol, coche con chófer y dinero lloviendo en tu patio. Éxito también es superar con entereza una grave enfermedad, formar una familia unida o enviar una misión de reconocimiento a Marte. El problema es que la Música es en gran parte mercado, y en ese parqué nadie entiende de medicina, de estirpe ni de naves espaciales. Todo es insoportablemente más sencillo si alguien confía en ti y en tu trabajo. Es curioso como una frase del tipo: “fue el que compuso tal canción de fulanito”, o “fue quien produjo tal o tal éxito” ejerce una inaudita transformación en el oído del responsable en cuestión, que en milésimas de segundo comienza a percibir arreglos, detalles y fragmentos de letras antes invisibles. Da igual a qué escala, con más o menos presupuesto… Siempre es lo mismo, sea Sony BMG o una pequeña disquera de barrio. Si has hecho éxito, la insoportable levedad de tu trabajo engordará, cogerá kilos por momentos. Se volverá soportable y necesaria, porque te dará ese espacio que te corresponde. Esa sensación de que vas bien encaminado, orientado en esta insoportable carrera de fondo, como un etíope concentrado hacia una meta.
¿Que cómo se alcanza el éxito?. Eso nos preguntamos muchos. El científico Eduardo Punset habla de ello en un artículo publicado en XLSemanal el 14 de Octubre de 2007, que he podido resumir en varias pistas:
1 - La primera pista para tener éxito es quererlo. Fijarse objetivos es imprescindible, pero hay personas que cifran expectativas desmesuradas; al no alcanzarlas, generan ansiedad y miedo. Otras se ponen objetivos por debajo de sus posibilidades, sin alcanzar los niveles de creatividad necesarios para el éxito.
2 – La segunda, la paciencia. Las prisas son malas compañeras del éxito no tanto porque no dan tiempo para pensar, sino, simplemente, porque estresan.
3 - Compartir ideas. En lugar de predicar todo el rato para que lo entiendan a uno, es fundamental intuir lo que piensan los demás, aunque pertenezcan a universos distintos o separados.
4 - Convertir el gusto o la vocación por algo, en enamoramiento. Es difícil convencer de algo de lo que no se está enamorado.
5 - Persistir en el empeño. Lo normal es pecar por defecto y tirar la toalla. Las ideas brillantes requieren tiempo para tener éxito.
6 - Probar y hacer cosas nuevas. Construir entornos insospechados en los que asentar emociones nuevas.
7 - La última pista para tener éxito no es realmente una pista. Y se le suele dar, sin embargo, una gran importancia en todas las culturas: la suerte.

Así que como si un recetario se tratase aquí me hallo atando cabos, de madrugada, guitarra en mano, intentando seguir a rajatabla las palabras del sabio Punset, en busca de la fórmula mágica. A la que yo sin duda le añadiría un último y esencial ingrediente marca de la casa: la insoportable obligación de creer en ti y en tu trabajo por encima de todas las cosas. Como un deber natural y legítimo. Así al menos lo imagino yo, mientras camino en esta interminable maratón, como mi mente camina en busca de una nueva canción que me adentre un paso más allá. Invitando a más de una ronda, a mi pesar, a veces. Pero avanzando. Hacia donde el camino parece más fácil. Y quizás, lo más fácil sea perderse.

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