fotografía: Rosella Neiadin
Me he esforzado en dar explicaciones, aunque nunca he sido yo el que ha dado el primer paso. Eso de dedicarme a lo que me dedico despierta la curiosidad de muchos, y la desinformación al respecto es grande. Muy pocos entienden verdaderamente que nuestro oficio sea tan libre y sencillo como el de hacer canciones. Eso, no puede ser un trabajo. Y si lo es, está claro que lo mejor es que te busques uno nuevo. Los amigos preguntan. La familia sospecha. Los vecinos sentencian. El peso de la hipoteca aplasta cualquier halo de esperanza en la vocación natural de la raza humana. Y qué profesión hay más antigua y a la vez, humana, que el de contar historias, con una pluma, un pincel, una cámara o un piano. ¿En qué momento dejamos de creer en eso?, o al menos, ¿de entenderlo?.
“No hay respeto por nada” es una de las frases más oídas en esta tierra de alegres libertades en la que vivimos. La sociedad de muchos derechos y pocos deberes, la bautizan algunos. Pero lejos de refregar esta reflexión por la triste cebolla que es la clase política actual, antes de convertir cualquier problema en una guerra partidista de intereses de unos pocos y ahogar las penas en un par de amnésicas cervezas, diré que no hay respeto por la música, que es “nada” para algunos y “todo” para mí.
El problema de la piratería tiene multitud de explicaciones y puntos de vistas. Muchos de ellos son totalmente ciertos, le guste o no a la SGAE o a los fanáticos defensores de los derechos de esta nueva especie a la que pertenecemos muchos marineros de nuevo siglo, llamada los internautas. Resquicios en la ley, cuestiones intangibles, barreras contra el progreso… Me he tomado la molestia de leer el código penal y la ley de propiedad intelectual y puedo asegurar que en mi opinión todos, a su manera, mienten. Pero si auscultamos como buen doctor la raíz de esta patología yo me quedo con algo fundamental: ¿Por qué queremos gratis lo que nunca lo ha sido?. Si algo es gratis, la gente es capaz de hacer cola hasta para recibir collejas. La prueba es sencilla, no hay más que buscar cualquier regalo que incluya un periódico en fin de semana, del tipo: “libro de Macroeconomía Avanzada bajo las teoría keynesianas”, y la fila que se forma delante del quiosco cruza la manzana. Salvo delincuentes congénitos y otras excepciones, uno no entra en una tienda de ropa, se prueba unos zapatos y sin pasar por la caja, se va a su casa con ellos puestos. No hasta que, claro está, todos tengamos una máquina en cada hogar, que introduciéndole un trozo de cuero barato, te cosa una copia de unos Lotusse de ciento noventa euros el par. O mucho mejor, que salgan los zapatos por la impresora, negros y brillantes, listos para pasearse. Entonces ¿para qué la tienda?.
Vivimos en el mundo de lo fácil, pero mucho peor, de lo falso. Seguramente el mundo ni siquiera sea mundo, más bien sea una imitación de lo que un día se llamó mundo. Y aquí estamos sin coscarnos. Somos felices comprando camisas de Dolce & Gabbana a diez euros sobre una manta y la única razón es que, como en apariencia son iguales, uno termina por asumir que han sido cosidas a mano por los modistos italianos. El caso es que uno va por ahí paseándose con una camisa falsa de diez euros que le hace sentirse bien, pero es incapaz de gastarse un euro -que es por ejemplo, lo que vale comprar en iTunes legalmente una canción- que le encanta. Esa que le recuerda a un viaje pasado, a un amigo cercano o que simplemente escucha cada mañana, entre una marea de coches, justo antes de entrar a trabajar. Un euro es lo que vale un café, la propina que das al aparcacoches o menos de lo que cuesta un molesto politono. Por lo tanto, no es un problema tecnológico, ni económico. Es un problema de respeto. Nos da exactamente igual quién haga qué y de qué forma, mientras llegue a nuestra mano a la voz de ¡ya!. Y ahora son la música, las películas y el software. Cada vez y de forma más potente se están introduciendo la ropa, los medicamentos, las entradas de los eventos… Y el día que alguien invente el Emule de los Bolsos cerrarán los grandes almacenes.
Me he esforzado en dar explicaciones, empecé a decir. Pero al igual que es imposible hablar de todo esto sin parecer demagógico –y juro que siempre lo he intentado-, es inútil cambiar mi entorno, mantener esta conversación con alguien a quién su trivial curiosidad sólo le empuja a preguntar cuánto dinero se lleva un autor de cada canción por bajada legal. La respuesta es sencilla: muy poco. De ese euro, poquísimo. Pero muy poco es mejor que nada, y esa es de las primeras cosas que el hombre aprende en esta vida. El mercado de lo falso siempre ha existido, pero el límite claro y preciso que marcaba su parcela se ha ido diluyendo. Nadie sabe distinguir lo que está dentro y fuera de ese área. En el aspecto musical, las compañías discográficas han inundado el mercado de gente que hacen pasar por artistas con el firme lema de “todo vale”. Esos que empiezan a cantar, luego anuncian champú y terminan presentando programas. ¿Alguien ha visto alguna vez a Sabina anunciando champú? ¿A Camarón, a Lenny Kravitz, a Calamaro, a Bebe…?. Ya nadie sabe lo que es de verdad y lo que no. Quién es real y quién es una falsa creación. La desconfianza es total y la ley máxima de esta industria en los últimos años ha sido que cualquiera puede triunfar, y eso es mentira. Parece que todo está en manos de la suerte, que todo depende de los contactos y el tamaño del chanchullo. Y por culpa de todo esto alguien que tiene verdadero talento termina quemando horas en ZARA o revelando radiografías, cagándose en la madre que parió a los que manejan los hilos de esta amarga comedia. Pero no nos equivoquemos. La culpa la tenemos todos. Por apoyar y aplaudir siempre los atajos, los rumores, las réplicas. Lo falso.
Muy pocos entienden verdaderamente que mi oficio sea tan libre, sencillo y real como el de hacer canciones. Esto creo que ya lo he dicho. Pero yo me he esforzado en dar explicaciones hasta a mi suegra de cómo me gano la vida. A la chica de la limpieza, al banquero, al del bar del desayuno, a mis vecinos, al amigo que no compra un disco original ni aunque sea mío, al que iba a menudo pero ahora hace un siglo que no pisa una sala de cine ayudando a que la taquilla caiga en un 40%, al metrosexual que compra las camisas de Dolce & Gabbana a diez euros y al que encarga sucedáneo de viagra por internet… En definitiva: explicaciones para todos.
Y tengo la terrible sensación que nadie me cree.
Son pasadas la medianoche. Silencio. Un respeto.
Que aquí, aunque parezca mentira, seguimos trabajando.





