fotografía: Mazintosh
Al contrario de lo que muchos piensan, y con esta lata irrenunciable de ir cumpliendo años, uno va conociéndose cada vez más. Poco a poco vamos siendo admitidos en algún segmento social extraño, del tipo cascarrabias con gafas de pasta negra o treintañero que no le gusta el queso si no está fundido. Por suerte o por desgracia ninguno de estos ejemplos refleja mi personalidad, aunque recientemente he descubierto que he echado los papeles para inscribirme en el llamado “viajeros a los que les da más miedo despegar que aterrizar”. Según las estadísticas y el sentido común, los problemas de un avión al aterrizar son muchísimo mayores que los que pueden suceder al despegar. Como por ejemplo que al piloto se le olvide sacar el tren de aterrizaje y vaya a usted a saber. En cambio, para mí el despegue representa el momento del “todo o nada”, el punto justo donde o te elevas o tienes la sensación que irás a parar al fondo de la pista. Para ser franco, me acojona.
Acabo de cruzar el Atlántico, de vuelta de Los Ángeles, CA. Allí he asistido a mi primera grabación en la soleada tierra del “show businessmen”. Este era un viaje con el que he soñado desde hace años y tras varios amagos e intentos fallidos, al fin he disfrutado como un niño con zapatos nuevos.
El artista, Paul Maxwel, inglés. La fantástica producción corría a cargo de mi amigo y productor Héctor Pérez. La grabación en los estudios Watersound (Luis Miguel, Molotov, Thalía…) de Studio City y en los estudios AfterHours en Woodland Hills. Y como ingeniero de sonido Rafa Sardina (ganador de 10 grammys). Si continúo citando con cuántos artistas han grabado los músicos que han intervenido en el álbum (metales, coro gospel…), quizás no acabara nunca. En resumen: un subidón de siete días pasados por una consola Solid State Logic.
Los Ángeles es una ciudad que oculta una maquiavélica trampa. Tras sus amplias avenidas, su clima perfecto y mezcla de culturas, convive la terrible sensación de que todo el mundo puede triunfar. Mientras cruzas Sunset Blv., en tu flamante coche japonés de alquiler, al son de un elegante smooth jazz que emiten en la 94,7, uno espera cruzarse con la gran oportunidad de su vida. Quizás por ello aún pervivan en sus calles tantos aspirantes a actores, músicos, estrellas… gente joven que viajó en autobús sólo con su guitarra al hombro, en busca del archiconocido sueño americano. O tal vez no lleguen en autobús desde alguna recóndita granja de Dakota y esta vez viajen en avión, a buen precio, haciendo escala en Londres, como un servidor. El caso es que vengas de donde vengas, aquello parece estar hecho a tu medida. Y la realidad es que puede que todo no se vea tan fácil al sur del Downtown.
Me cuentan que allí el que tiene talento y se esfuerza siempre llega. Que la ciudad es justa con la gente que vale. Pero que para progresar necesitas tiempo. Las distancias son largas, la paciencia indefectible. Es la ciudad del “take it easy” no lo olvidemos. Y es a primera vista, genial. Como un buen decorado justo antes de filmar. Allí durante un fin de semana hay un movimiento musical mucho mayor que en seis meses en nuestro país. Y conocer a K.C. Porter (Santana, Ricky Martin, Michael Jackson…) mientras se aventura a comprar un helado junto a su hija es perfectamente posible –de hecho, así me ocurrió-.
Tras siete días y muchas horas de grabación, es imposible volverte sin un ápice de tristeza. La generosidad con la que nos trató Rafa Sardina –espectacular profesional y gran amante de los vinos- y su familia, abriéndonos su casa y compartiendo con nosotros algunos lugares de esta maravillosa ciudad, fue indescriptible.
Además pude disfrutar de un desayuno junto a Claudia Brant, compositora argentina afincada allí, autora de multitud de éxitos para artistas latinos de la talla de Cristian Castro, Alejandro Fernández, Luis Fonsi, Ricky Martin… que vive en una casa preciosa entre Canoga Av. y Mulholland Drive. Con ella intercambié grandes consejos.
Ahora una vez de vuelta, aún tengo el regusto que Los Ángeles te deja en el paladar. Te ves con fuerzas y posibilidades. Con algunos contactos de los que tirar y sobre todo que ya pasó lo peor, el miedo a lo desconocido. Ahora sabes cómo llegar, qué coche debes alquilar, en qué lugar debes hospedarte, dónde ir a desayunar, a qué músicos contratar, cómo es un atardecer en medio de la playa de Santa Mónica y a qué puerta llamar en caso de urgente auxilio. Quizás por ese miedo que me persigue a despegar -a ese momento por muchos desatendido y crucial del “todo o nada”- esta última semana se convierta en una experiencia más, sin mayores consecuencias. Una pericia que recordar entre otras tantas que la música te da. Tal vez no vuelva a subirme en ese avión con o sin billete de vuelta. Pero insisto, es esa terrible sensación de que allí todo el mundo puede triunfar la que te araña. La que hoy circula por mi cabeza y gira a la derecha con el semáforo en rojo. La que me inunda en esta paradoja con sabor a yankee. La que hace plantearte esa gran apuesta de cambiar de lugar y de vida. No sé. ¿Sería posible?.
Es tarde. Mañana he de volver al trabajo. Escribir nuevas canciones y seguir con los proyectos que esta aventura americana había aparcado. Entonces ya no habrá tiempo para estas reflexiones. Enfilaré escaleras arriba como un avión enfila la pista. Al fondo, hay alguien muy importante en mi vida, que me espera agitando los brazos, con dos luces.
Gracias Los Ángeles, pero creo que por esta vez, volaré bajo.
Rumbo a casa.

Junto a Rafa Sardina en AfterHours, Los Ángeles, CA


fotografía: 


