
fotografía: Naz Cano
A pocos días de cerrarse este ruidoso año 2006, hago acopio de todas las experiencias vividas. Las horas de estudio y esfuerzo compartido. Los fracasos, que nunca te abandonan pero cada vez duelen menos, y sobre todo el haber cumplido un año más al frente de la carrera. Quizás aún quede lejos el “tete de la course”, pero en el pelotón aunque apretados seguimos pedaleando 365 días al año.
Frente a la amenaza nuclear que se cierne sobre la industria musical, esta Navidad he pedido calma. Me imagino que no pensará lo mismo el que ve como su negocio se marchita mes a mes, pero a los profesionales no nos queda otro remedio. El barco se hunde lentamente, y mientras unos se empeñan en quemar sus últimas horas achicando agua, el resto corre despavorido por la cubierta. Luego -entre corre que te pillo- mientras unos otean el horizonte en busca de un rescate en forma de un provisional “Canon”, hay otros con megáfonos que nos sugestionan con un sinfín de lamentaciones, y nos recuerdan constantemente que la condenada situación mandará nuestros huesos y talento al fondo del frío océano. Y yo me pregunto ¿cómo es que Leonardo Di Caprio no se subió a otra tablita de madera?.
Para el 2008 no deseo oír más descripciones sobre el panorama, ni que nadie me recuerde lo fría que está el agua. Quiero soluciones, salidas, oportunidades, alternativas. Puestos a pedir y teniendo en cuenta las fechas en las que nos encontramos, ¿por qué no construimos botes con lo que podamos escapar de este destino fatal?. Navegamos hacia una nueva etapa, donde no hay barcos gigantescos como antaño, pero sí multitud de embarcaciones más pequeñas, modernas e interesantes. Y la prueba está latente. Cada día voy renunciando más a repertorios de enorme peso y acceso imposible, y vuelco mi tiempo en artistas dueños de sus carreras, con menos difusión pero con las ideas claras. “Hay que sumar”, me recuerda constantemente mi editor. Y es lo que he hecho desde que empecé en esto. Flamenco, Pop, Rock, Publicidad, Infantil… me he tomado en serio todos los palos en los que he trabajado, intentando escribir lo mejor que podía para el artista que tocara en cuestión, fuera cual fuera su edad, estilo o procedencia.
Cuenta Kike Santander en su libro “Por amor a la música” que todas las veces que se ha arruinado fue por tomar atajos, saltarse etapas, y buscar el dinero lo más rápido y fácil posible. Y es verdad. La experiencia me ha enseñado que gracias al hueco que dejan las normalmente frustradas primeras canciones, llegan otras más elaboradas. Hace cinco años no entendía por qué algunos artistas no grababan el material que les enviaba. ¡Si hasta los cedés eran de colores!. ¿Cómo no les gusta?. Hoy escucho aquellos temas, la mayoría cargados de buenas intenciones, y no me parecen que estén a la altura, sinceramente. La cosa se complica, lo sé. Ya la conocemos todos. La probabilidad que Marta Sánchez, por poner un ejemplo, escuche una canción tuya es pequeña. A no ser que te cueles en su habitación con tu iPod y le coloques los cascos mientras duerme, dependerás de su manager, A&R, su editorial, su responsable en la disquera o del camarero de la cafetería donde Marta suele ir a merendar. Aún colándole el cd en el cruasán, existe una probabilidad bastante alta si la comparamos con la posibilidad real que Miss Sánchez “grabe” tu canción en su próximo álbum. Y está claro que por mucho que la “escuche”, si no la “graba”, alguien debe hacerlo o el autor está perdido. Me gusta pensar que los discos de los artistas consagrados, esos que marcan un antes y un después en la carrera de un compositor, se hacen con las mejores canciones posibles, vengan de dónde vengan. Pero no es así. Hay tantos intereses y gente de por medio que las decisiones las toman todos los que no deberían. A veces el dedo apunta hacia ti, cierras la boca y dejas de quejarte. Pero cuando por no apuntar, no te apuntan ni con la señal del pajarito, y meses después escuchas los temas que eligieron finalmente, entonces te entran unas ganas terribles de que alguien te explique en qué consiste todo este juego.
Pero no. Es Navidad y me niego a terminar el año consumido por las incongruencias de esta industria, en estampida hacia la popa, y vuelta a empezar.
Arrancaré una puerta que flote. Pillaré algo con lo que remar. Y tendré fe en lo que hago. En realidad, ya casi he partido. En esta profesión me ha ido mejor siempre que he hecho planes pequeños y a corto plazo. Conseguir una canción de éxito en Andalucía, me llevó a escribir un single a nivel nacional y poco más tarde a cruzar el charco. De colaborar en mis primeros discos infantiles he pasado a incluir temas para una película del mismo género, a cuyo preestreno en la Gran Vía de Madrid asistí hace una semana. Por esta relación que tiene la vida de “causa y efecto”, eso siempre me ha llevado un paso más cerca de la meta. Lo único que ocurre es que ya no tengo tan claro cuál es exactamente esa meta. Siempre soñé que sería Marta Sánchez y compañía. Ahora, sin renunciar a nada, sólo pienso en alejarme de este prehistórico marco que aún algunos se empeñan en resucitar y buscar nuevos horizontes.
Por cierto, hoy cumplo 30 años. Decidle por favor al del megáfono que se deje de tanta “la cosa está muy mal” y me cante cumpleaños feliz. El 2008 nos espera. Y con él quizás Marta quiera una tarde merendar conmigo.
“Es Navidad. Juro que no le colaré nada en su cruasán” dijo el autor al partir, sentado en una puerta flotante.
Y se marchó. Como siempre.
Cruzando los dedos.





