Una de las frases más bonitas que he oído en estos últimos cuatro meses de exhausta supervivencia proviene del artista y productor puertorriqueño Tommy Torres y dice así: ‘Se ha escrito tanto del amor, que en vez de nuestra musa, hoy es nuestra excusa’. Desde entonces, le he estado dando vueltas a mi vida y he cerrado los oídos a todo aquello que antes era mi pan de cada día. Lo curioso es que en el camino o más bien, en el desvío, he ido encontrando cosas que se hallan fuera de todo pretexto, alegato o disculpa. Ha sido entonces cuando me he dado cuenta que hemos torpedeado el amor hasta hundirlo. Y que ha pasado de ser algo especial a un complemento más en este presente de pose y etiqueta.
No hace mucho que Miguel -mi editor- me hablaba de su último y ya habitual viaje a México, donde estuvo reunido con numerosos profesionales de la industria musical de aquel país. Me recordaba lo mucho que le habían insistido en que allí las letras de las canciones debían ser exclusivamente de amor y desamor, y que no existía tonada que tuviera la mínima probabilidad de éxito si su temática ponía los pies fuera de esta palangana. Así de simple como lo cuento. Este ‘mandato del amor’ no nos debe sorprender ni mucho menos. No hay más que escuchar el noventa por ciento de las canciones radiadas en todo el mundo para darse cuenta que nuestro cancionero universal gira entorno a tan caprichoso concepto. Pero ¿estamos preparados para escribir más allá de la superficialidad del ‘te quiero, te dejo y te echo de menos’ que predomina y se reproduce como un virus en las listas de radios? O mejor aún. ¿Está el público predispuesto o preparado para escuchar algo más que eso?.
El problema no son las canciones de amor, que tienen siglos de historia. Es con la frivolidad con la que a veces tratamos los autores a este sentimiento de dominio público y universal.
Cuando el inglés David Beckham aterrizó en España para fichar por el equipo de la capital, su imagen fue portada de numerosos medios de comunicación. Recuerdo perfectamente su llegada al aeropuerto portando una resplandeciente chaqueta blanca, dos pendientes de brillantes y el pelo recogido. Durante los siguientes meses observé que en nuestro país nacieron ‘mini-beckhams’ allá por donde levantaba la vista. La chaqueta de Armani o Dolce&Gabbana que calzaba el inglés se vendía ahora a 15 euros en cualquier mercadillo. Lo que en manos de David me parecía ‘fashion’, ahora en manos de mi vecino parecía una horterada máxima. En el momento en que la exclusividad pasa a ser privilegio de todos, se adultera, y ese halo excepcional que tienen ciertas cosas, inevitablemente se evapora. Pero el amor no es una chaqueta ni una moda. Ni sólo está al alcance de unos elegidos. Es un bien común.
He pasado los últimos cuatro meses de mi vida retirado de toda melodía. Los que hayáis seguido la última entrada de este blog sabréis que me he atado a la cama de un hospital junto a mi madre enferma en lo que sin ninguna duda ha sido la peor etapa que he sufrido nunca. Tras veintitantos días ingresada en planta, su estado empeoró hasta el punto que sin oferta ni bancotel posible, le asignaron un módulo en la UCI del Hospital Virgen Macarena de Sevilla. Allí permaneció 56 días más, en un estado crítico donde todo el equipo médico nos recordó diariamente que asumiéramos su inminente pérdida. Nosotros nos negamos a hacerlo. Ella debía seguir luchando. ‘Sepsis grave en paciente inmunodeprimida’ rezaba su hoja de seguimiento cada mañana. Se complicaron el corazón, la vesícula, pulmones, riñones… luego vino la traqueotomía, paradas, pérdida muscular, tejidos necrosados… Sin paliativos: la lista fue terrible. Un máster en medicina al completo. Sin perder un ápice de fe, no dejamos de creer en su fortaleza y su capacidad para salir de esa hora tan honda. Finalmente despertó, según los médicos ‘de forma milagrosa’. Y sin saber muy bien cómo, comenzó a recuperarse de esta batalla contra la muerte. La subieron a planta nuevamente, no antes sin recordarnos que la historia no había acabado y que debido a su delicado estado, una recaída y nuevo ingreso en la cámara de los horrores, era más que probable. Pasaron 31 días más en la séptima planta, hasta que una ambulancia la trasladó a nuestra casa, de vuelta a la vida.
Ahora está sentada en su butaca. No puede caminar aún, pero los fisioterapeutas dicen que si sigue así estará bailando sevillanas en breve.
Durante este periodo he recibido numerosos apoyos de amigos y colegas de profesión. La Brujha compuso un tema de aliento que no tardó en enviarme a través del móvil. Mi socio y amigo, Jesús Domínguez, escribió un precioso poema titulado ‘Gota de lluvia’ que nos llegó al alma y publicó en su blog, que tanto recomiendo visitar. Nayla, la maravillosa artista libanesa, nos hizo llegar una medalla de la Virgen del Líbano junto a esencia de su país. K.C. Porter, productor de grandes artistas afincado en Los Ángeles, me envío una oración y un tema que compuso junto a su amigo Carlos Santana, titulado ‘Curación’… Recibimos una cinta de la Virgen del Pilar que atamos a su cama. Multitud de estampas, reliquias, aceite de Santa Ángela… hasta un pequeño azulejo imantado con el dibujo de la Santa que hoy posa adherido al frigorífico. Hubo tantas muestras de cariño que nunca pensé en el valor de estos pequeños o grandes gestos, hasta que no los disfruté de primera mano.
Por primera vez sentí que esta lucha sin cuartel, no era el problema de Gary Cooper, abandonado a su suerte en un pequeño pueblo del lejano oeste. Esta vez me sentía arropado y orgulloso porque cualquiera de estas personas dedicara al menos una oración o un minuto de su tiempo a esta situación tan dolorosa para mí. El calendario se deshojó entre botes de suero y la construcción del altar mayor en un rincón de la habitación de ese ya, viejo hospital. Pero si algo hallé en todo este tiempo naufragando entre sus pasillos, fue amor. Observé cómo otros familiares -que sentados como nosotros esperaban las noticias de boca de los médicos- se derrumbaban al oír con crudeza el estado de sus pacientes. Incluso fui testigo de sus progresivas desapariciones, con el paso de los días. Algunos porque los subían a planta. Otros porque el enfermo no sobrevivía. Gente de todas las edades, clase y condición, luchando por sobrevivir.
En estos meses de sequía, de vacío vital, tan desafinados que me ha sido imposible digerirlos a flor de piel, he encontrado un amor sin excusas. Quizás a partir de ahora no sea suficiente el ‘te quiero, te dejo y te echo de menos’ y necesite mirar más allá. Tras el cristal. Como hacíamos desde el módulo 6 de la Unidad de Cuidados Intensivos. Junto a una sinfonía de pitidos y ventilación mecánica. Por allí pasaron las musas. Me abrieron los ojos. Desperté. Y entendí un poco más, para qué estamos aquí, en esta vida tan perra.
Y es para amar.
Hasta el último suspiro. A dentelladas y a porrazos.





