fotografía: Liki Fumei
Hace poco más de un año, mientras la nieve comenzaba a colorear los paisajes más altos de España, un artista gaditano llamado “El Barrio” se colocó número uno en la lista de Ventas de Promusicae por encima del colombiano y multipremiado Juanes. Caía Noviembre y fueros siete lunas los que duró su reinado, de miércoles a miércoles. No necesitó más para desbancar por algunos mágicos días a uno de los actuales artistas latinos más vendedores del mundo. Y lo hizo con una compañía independiente de Sevilla, que lleva trabajando junto a él desde sus inicios. Recuerdo que viajé hasta Málaga para ver a Juanes en concierto cuando se encontraba girando con su anterior trabajo “Mi sangre” y otra vez en un encuentro de los 40 principales al que fui invitado. Y lo más curioso es que su trayectoria y la de El Barrio tienen más de un punto en común. Quién lo diría.
Hace aproximadamente unos diez años y tras un par de discos prometedores, El Barrio grabó el que bajo mi opinión ha sido el mejor álbum de su carrera “Mal de amores”. Entonces yo andaba melenudo, guitarra en ristre tocando en todas las fiestas y romerías que marcaba un abarrotado calendario. Enfrascado en mi obsesión “ketamera”, recuerdo que aquellas canciones me soplaron las orejas como aire fresco. Entonces yo no sabía que me iba a dedicar a la música ni mucho menos, pero no hacía falta desentrañar aquel álbum para entender que aquel tipo bajito y con sombrero, tenía talento. Muchos de esos elementos que respiraban en aquel trabajo siguen siendo hoy la esencia de su sonido. Sus letras, el acordeón, los coros elaborados, la estructura de sus canciones… Las ventas fueron floreciendo pero al llegar a una frontera se estancaban. Se culpaba a la piratería que por entonces empezaba a ser estragos, pero en mi opinión había otras causas. Siempre hay una línea entre lo minoritario y lo popular. Parece invisible, pero existe. En la música, a veces, es más difícil vender de 40 a 80mil copias, que de 80 a 120. Cuando cruzas esa línea tienes la sensación que todo el mundo se ha enterado que existes y el proceso siempre suele ser el mismo cuando nuestra música parte de algo folclórico o de raíz, como puede ser el flamenco o la cumbia colombiana. En otras ocasiones una vez que cruzas esa línea y si no dinamitas tu carrera con decisiones desastrosas, puedes permanecer en esa posición, tras ella, un tiempo curioso. Normalmente esto se hace repitiendo la fórmula. Y aunque no hagas nada totalmente nuevo, a muchos le funciona.
Me contaba Víctor, un amigo mánager que lo acompañó a una promoción, que El Barrio enfurecía al ver como las “Papá Levante” (aquel grupo de chicas que vendieron durante un verano) se encontraban allí firmando discos tras despachar 150mil copias del hit veraniego “Me pongo colorada”. Entonces Víctor le recordaba que lo suyo era cuestión de tiempo. Y no se equivocaba.
El Barrio siguió grabando, y no fue hasta tres discos después cuando cruzó la ansiada frontera. Emigró al lugar de los elegidos. Y en mi opinión, ni siquiera lo hizo con su mejor álbum. “Ángel Malherido” fue disco de platino en España y consagró a El Barrio como un artista de masas. Efectivamente, era cuestión de tiempo. Su evolución fue la típica en estos casos. Poco a poco se alejaba de la guitarra flamenca y el cajón, para sustituirlas por guitarras acústicas, eléctricas y batería con un concepto diferente. La rumba pasó a convertirse en rock andaluz. Llenó Vistalegre en Madrid. Ganó entidad, imagen. Sustituyó los detalles más localistas para hacerlos más estándar. Asequibles. Y todavía hay alguien que se extrañe que a un gallego le guste El Barrio. Eso con sus primeros discos era impensable. Tras esto llegaron “Querida enemiga” (de su disco las Playas de Invierno) y “Buena, bonita y barata” (de La Voz de mi silencio) los dos primeros singles de sus dos siguientes álbumes. Son primas hermanas. No descubren nada nuevo, y a pesar de sus numerosos puntos musicales en común, el más importante es que no son malos temas. Son canciones en su onda y cumplen. Todas pagan el arancel necesario para quedarte al otro lado de la línea. Me recuerda en parte a El Arrebato, otro artista folclórico que vive allí por méritos propios. Aunque tengo la sensación de estar escuchando siempre la misma canción, una vez que encontró el camino hacia su público siempre les da lo que debe. Aunque a mí me parezca lo mismo, una y otra vez. Hasta día de hoy, siempre han estado a la altura.
Nadie vende 100mil discos una y otra vez sin tener algo. Una conexión con un público. Cuando alguien me dice que tal grupo nuevo del que no he oído ni hablar, ha vendido todos estos discos y yo no me he enterado, siempre pienso que hay más de cuento que de realidad. Alguno que otro se va a vivir “al otro lado” pero de alquiler. Por un veranito. Por un programa de televisión con audiencia masiva. Por algún fortuito motivo. Pero la línea es la línea. Y tras ella los artistas se atrincheran en sus casas y procuran mudarse para toda la vida. Allí conviven Cádiz y Bogotá. En un mismo lugar.
No sé si El Barrio habrá aprendido a hacer mejores canciones que las de aquel “Mal de amores” de hace 10 años. Él pensará que sí, por supuesto. Y aunque yo crea que aún no se ha superado, lo que sí ha hecho es aprender cómo funciona este negocio. Ha seguido luchando hasta encontrar otros sonidos, y hasta perfeccionar el suyo mismo. Lo ha hecho inconfundible, al igual que su imagen, pegado a su sombrero, inalterable a pesar del paso del tiempo. Y lo más importante es que no ha sido de la noche a la mañana.
En general, creemos tanto en el éxito fácil que nos hemos olvidado de cómo son realmente las cosas. Pensamos que una mañana Queen se levantó e inventó el Bohemian Rapshody. Con sus coros, sus excesos y su frescura. O que El Barrio no tardó 6 álbumes en alcanzar el éxito masivo. Alucinamos con “La camisa negra” de Juanes, como si no fuera la lógica evolución de un tema titulado “la Paga” prácticamente exacto de su anterior disco. Juanes arrasó en todo el mundo con el disco “Mi sangre” que en mi opinión es mucho peor álbum que “Un día normal” que fue quien realmente le hizo cruzar la línea (su segundo disco en solitario). Este último que ha editado, “la vida es un ratico” es peor incluso que el anterior, si me dejan.
No sabéis cómo me alegro de la conquista de El Barrio. Caía Noviembre y se alzó con el número uno. A veces, entre mis discos, me tropiezo con el único álbum que tengo de él. Se titula “Mal de amores”. Por entonces la nieve también coloreaba los paisajes más altos de este país aunque yo nunca tuviera frío y fuera con medio pecho fuera. Y decir que aquel tipo iba a ser número uno de ventas era algo de locos. Ni siquiera he sido muy fan suyo. Pero no hace falta serlo para darse cuenta de su evolución e intentar entenderla.
No es un disco o una canción siempre. A veces es una carrera, una curva de aprendizaje, un sonido. Otras es un cúmulo de todas estas cosas.
Un paso. En su mayoría jodidamente difícil. Aprendamos a dar ese paso y a reconocerlo. Es algo que puedes respirar, un límite invisible que te ganas a pulso. Es el momento en que tu mensaje y tu música pasa a ser comprensible para una gran mayoría.
Caía Noviembre. Y por siete días reinó un rey sin corona. Llevaba sombrero, y hacía mucho que había cruzado la línea. Allí donde viven los buenos. Allí donde todos quieren volver.
Felices Fiestas a ti, estés dónde estés.





