
La historia de este álbum es difícil de contar. Quiero pensar que hay cosas en la vida que ocurren bajo una razón, algo que normalmente no logramos entender a la primera, pero que poco a poco van destapando su porqué. Suelen venir precedidas de una caída y duelen, muy adentro. Tanto que excepcionalmente necesitamos cuidados, intensivos, por parte del tiempo. Y de esta forma descubrimos que el dolor, ese inevitable pasajero con el que compartimos tantos momentos de nuestra vida, va girando y dando paso a la esperanza.
He pasado muchos años trabajando con un único objetivo: escribir canciones para numerosos artistas poniéndome en su lugar. Todo con el fin de superarme, de alcanzar un mayor éxito profesional. Pero cuando escribes canciones bajo los patrones que exige la industria, descubres que allí la mayoría de las decisiones no dependen únicamente de tu esfuerzo o de la calidad de tu trabajo. Hay factores que nada tienen que ver con la música y son normalmente los que desequilibran la balanza hacia el lado contrario de donde te encuentras. Y allí te quedas, a solas con tu canción, escuchando finalmente un infausto repertorio ajeno e intentando averiguar en qué te equivocaste.
Entonces ocurrió lo que tenía que pasar. Eso que aparece sin avisar y no sabemos cómo ni cuándo esquivar y te tumba tan rápido como un golpe en el corazón. Hace un año y medio, mi madre comenzó una interminable batalla contra todo pronóstico, que nos llevó a pasar más de cien días en el hospital, de los cuales la mitad fueron en la Unidad de Cuidados Intensivos en una situación de extrema gravedad. Allí, viviendo en una intermitente inconsciencia, decidió luchar contra su enfermedad, contra las pruebas y contra la fatídica opinión de los médicos que día tras día veían como todos sus esfuerzos por salvarla eran en vano. Pero ella quiso demostrar que sólo puedes ver crecer a la esperanza si no te rindes jamás. Y eso fue lo que hizo, día tras día. Salió adelante, aprendió nuevamente a respirar, a vivir y a caminar, dándonos una lección a todos a cada paso.
Este disco es mi manera de transformar mi dolor, a través de la música. Aquella sala de cuidados intensivos, en un repertorio de letras. Y para ello he querido empezar de cero. Crear mi propio sello discográfico, trabajar con nuevos artistas, gente con un talento descomunal que pudieran interpretar mis canciones, sin permisos ni protocolos, ni exigencias inalcanzables. Saltándome las reglas de la comercialidad y lo previsible. Viajando en busca de lo que quería. Grabar este álbum ha sido algo único, la mejor terapia. Porque respira esperanza en cada nota y una fe extraordinaria en este mundo, en su gente y en su música.

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Era un día gris, hace unos tres años, cuando llegué a casa con una melodía en la cabeza. La toqué varias veces al piano, golpeando las teclas como quien llama a las puertas de la sospecha, pero con la infinita esperanza de no encontrarla en boca de otro autor. Escribí varias frases al azar, ayudadas por el desánimo con que amaneció el día. “Hoy que cuesta empezar, y el silencio te ha visto llorar. Y en el duelo entre el mundo y tu voz, voy contigo”. Atascado en mi propia improvisación, continué un buen rato enfrascado en esta persecución, dictadora en mano, sin historia, camino ni dirección, solamente impulsado por algún repentino sentimiento solidario con forma de primera estrofa, pero apenas definido. Aunque anoté algunas ideas más sin mayor trascendencia, al rato quedé vencido por el conflicto y decidí abandonar aquel arranque prometedor en la despensa de mi grabadora. Hasta hace un año.





