fotografía: Juan Pablo Mola García-Galán
Éxito era un tipo escurridizo. Difícil de localizar. Miles de llamadas perdidas se hermanaban en su móvil formando una ONG. Con aire despistado y un poco intransigente, era el típico pájaro que no se casaba con nadie. Iba de allí para acá, de reunión en reunión, cultivando amigos que luego abandonaba sin pudor. Un rey de las excusas que siempre andaba ocupado pero nunca hacía nada. Así era él. Exigente pero complaciente. Dominante pero discutible. E irremediablemente atractivo para el mundo. A su lado la amiga Tolerancia, era una muñequita de anchas caderas. Y qué decir de su prima Vanidad, tan apegada y condescendiente con él. A pesar de vivir entre un sinfín de retoques, no le llegaba ni a los talones. No había fiesta, inauguración o vida, en la que no estuviera invitado Éxito. Y así andaba su buzón, embozado de tarjetas, cartas y súplicas porque se dignara a responder a cualquiera de aquellas infinitas convocatorias.
Entre todas se encontraba la de Mario, un joven músico andaluz de pelo castaño y cierto aire bohemio. Hacía poco que vivía solo en un apartamento de escasos metros cuadrados. Los suficientes para él, su guitarra y alguna que otra señorita que pasaba a escuchar sus nuevas composiciones en riguroso directo, a pleno pulmón. Aún no sabemos el motivo exacto que impulsaba a la audiencia de Mario a quitarse por completo toda la ropa mientras escuchaban alguna de sus inéditas canciones. Quizás fuera la progresión armónica o su delicada melodía, pero lo que está claro es que Mario no acaba nunca sus conciertos, no firmaba nunca autógrafos ni podía darse un baño de masas. Entre otras cosas, porque debido al tamaño diminuto de su hogar, su aseo sólo disponía de un sombrío plato de ducha. Cansado de reinventar el concepto de “concierto unplugged”, una tarde salió por la puerta dispuesto a cambiar su vida.
Había oído a un amigo contar la historia de su exvecino arquitecto. Por lo visto, tras unos interminables meses preparando un proyecto, el tipo decidió dar una cena para varios invitados en su piso. Era tanto el esfuerzo que había realizado que la ocasión lo merecía. Se empeñó en cocinar para ellos. Abrirían un par de botellas de vino y brindarían por el futuro. Había trabajado tan duro que su mujer no veía el momento de que aquella condena acabase. Él la llamaba “mi obra”. Ella sólo pensaba “a ver cuándo la cobra”. Marta, una de las amigas solteras de su esposa se presentó con un acompañante, un tío bastante alto y vestido elegantemente. Ella estaba nerviosa pero radiante. Hacía poco que conocía a aquel chico y encima la acaban de ascender. Marta estrenaba un vestido estampado muy ajustado que le quedaba puesto como el mismo demonio, pero había algo en el ambiente que la impermeabilizaba de cualquier complejo. Era capaz de reventar como un pollo embutido sin dejar de sonreír. Una vez llegados el resto de los invitados y tras las oportunas presentaciones se sentaron a comer. Rápidamente todos se dieron cuenta que el acompañante de Marta acaparaba toda la conversación. La energía que desprendía era tal, que el auditorio olvidó el insufrible asado que aún arrastraban entre los dientes. El maridito arquitecto no pudo contenerse y una vez devorados los postres que eran de Häagen Dasz -¡gracias a Dios!- despejó la mesa y apareció con una albina e inmensa maqueta. Sin previa autorización marital comenzó un resumen que comenzaba muchos meses atrás -cuando el infierno aún estaba templado- esquivando de soslayo las mortíferas miradas de su esposa a medida que su exposición avanzaba. Una vez acabado el martirio, se produjo un incómodo silencio. La mayoría se esforzaba por sonreír intentando disimular que en el fondo no se habían enterado de nada y que aquella gigante miniatura les importaba más bien poco. Pero fue en ese instante, tras aquel mutismo disfrazado y eterno, cuando el acompañante de Marta se levantó y estrechándole la mano al insufrible arquitecto exclamó: “me encanta.”
Cinco años más tarde, tal día como aquel, se inauguró aquel mastodóntico complejo en la Manga, construido por la cadena hostelera Radisson y aún hoy, sigue pareciendo imposible que aquello fuera diseñado por una sola persona y lo más increíble, con tan poco gusto para la cocina.
Estaba clarísimo que la vida de aquel tipo cambió aquella noche, como también lo hizo la de Marta, la amiga de su esposa, que un par de meses después de aquella cena le perdió la pista al chico alto, su empresa se fusionó con otra que le amargaría la existencia y para colmo, se veía gorda con cualquier atuendo. Era evidente que bajo aquella huella imborrable se hallaba la firma de Éxito. Era su estilo, su modus operandi. Sólo él era capaz de lo mejor y lo peor. De regalarte unas alas al borde del abismo o de rellenártelas de plomo en el momento menos esperado.
Mario sabía que tenía que hacer lo posible por encontrarlo porque pensaba firmemente que ese era su destino para convertirse en una estrella, y además al conocer la historia que le había contado su amigo al fin tenía un punto de partida para su ansiada búsqueda. Comenzó visitando al arquitecto quien hacía dos años que se había separado de su mujer, acusado de intentar envenenarla con un guiso. Él que vivía ahora en un espectacular chalet que había proyectado a las afueras de Valencia, no supo aclararle nada pero al menos le entregó la dirección de su exmujer a la voz de: “no le digas que te la he dado yo por lo que más quieras”. Y allí que se plantó el valiente Mario para volver a irse con las manos vacías. De la exmujer pasó a Marta, que andaba más gruesa y deprimida. El motivo de su aumento de peso se debía a que se había quedado embarazada de un compañero de trabajo al que odiaba, un ricitos de tez pálida que le daba un asco que se moría. Marta lo derivó a un amigo de un amigo, y éste a su vez a una dirección donde corría la voz que Éxito había estado viviendo con una joven pintora un par de semanas. La pintora -que había abandonado el pincel para dedicarse al activismo ecológico- le comentó que si volvía a encontrarse con Éxito más vale que fuera mientras estaba encadenada a un árbol. Mario fue deshaciendo cada paso que Éxito había dado, encontrándose con cada médico, albañil, político, artista o afortunado de la lotería que aseguraba que una vez convivió un rato con tan extrañísimo individuo. Y todos llegaban a la misma conclusión: a pesar de ser la persona más impactante que habían conocido nunca, más pronto que tarde todos se dieron cuenta que en el fondo era un jodido cabronazo sin sentimientos.
Desesperado y tras cuatro años y ocho meses de incesante búsqueda, Mario se dio por vencido y volvió a casa. Allí, tumbado en su mini lecho mortal, cayó en la cuenta que en todo este tiempo no había sido capaz de escribir una nueva canción. Había puesto todo su esfuerzo en ir de un lado para otro, siguiendo los consejos de la gente, los rumores, las teorías que aseguraban que Éxito paraba en aquel bar, cogía el metro en aquella parada o veraneaba en aquella costa. Que cambiaba constantemente de dirección y teléfono. Cuatro años dando tumbos en continua persecución, siguiendo pistas falsas y escuchando a gente idiota que ni siquiera podrían asegurar haber visto a aquel tipo.
Entonces quiso volver atrás. Recuperar sus hábitos. Rescató sus viejas canciones porque se sentía solo. Quiso resucitar aquellas inagotables tardes de conciertos nudistas. Deseaba olvidar ese absurdo viaje emprendido, que nadie se enterara de que fue una absoluta pérdida de tiempo. Pero al abordar de nuevo sus canciones, aquellas melodías sonaban viejas. Era como observar fotos de un pasado no muy lejano, en ese punto intermedio donde aún no inspiran nostalgia y por el contrario todo pinta seco y rancio. Y para su desgracia comprobó que su efecto seductor había desaparecido. Las chicas apenas lo escuchaban y de quitarse la ropa ni hablamos. Pensó en emborracharlas o emplear afrodisíacos en la bebida. Hasta arrinconó su guitarra y utilizó el viejo truco de “voy a poner un poco de Bob Marley. En vinilo, por supuesto”. Pero poco a poco fue alimentando su fracaso. Se cansó. Se aburrió de la música y buscó otras distracciones. Sus sueños de vivir con ella y de ella pasaron a un segundo plano. Y allí, en su minúsculo panteón con plato de ducha, se congeló su talento.
Pasaron varios meses hasta que por pura casualidad conoció a una amiga de otra amiga, ¡ya sabéis!. Era algo caótica pero extremadamente divertida. Su sensibilidad oscilaba como un péndulo. A veces se mostraba receptiva y paciente, y en otras ocasiones tan mansa como un punzón de hielo. Alguien los presentó a raíz de una conversación que a Mario le era desgraciadamente familiar. Se ve que un primo de un amigo de un vecino, había inaugurado un negocio de decoración por todo lo alto. Muchos aseguran que esa noche hubo allí un tipo alto, algo despistado pero insufriblemente elegante, departiendo con el resto de los asistentes. Por lo visto fue la sensación de la velada y algunos testigos aseguraron que no habían disfrutado tanto en una tienda de muebles desde que ardió un IKEA un domingo de madrugada. Mario se levantó malhumorado, sin despedirse, pero aquella chica de pelo alborotado lo siguió. Se ofreció a acompañarle y a preguntarle el porqué de su reacción. Hablaron largo y tendido el resto de la tarde, caminando en círculos, de un lado para otro. Ella se rió de él todo lo que pudo y de su soberana idiotez cuando Mario le contó su viaje en busca de aquel extraño personaje. Pero él no se molestó, al contrario, pareció encontrar un alivio inusitado. La invitó a subir. Le amenazó con coger la guitarra y arrojarle algún fósil en forma de canción al oído. Ella se negó, le dijo que no estaba dispuesta a aguantar semejante coñazo. Tenía la virtud de decir cualquier maldad sin parar de sonreír. No era hipócrita, era simplemente maravillosa. Se despidió de Mario no sin antes comentar: “no creía que hubiera alguien tan gilipollas como tú por este mundo”. Y se marchó. Al caminar por la avenida se giró de nuevo, observando como él seguía impávido sobre el portal. Y allí en medio de la nada, le sonrió por última vez.
Mario pasó un día entero inquieto, muy vivo. Intentó ponerse en contacto con su nueva amiga pero fue imposible. Sentía que algo le zarandeaba en su interior, con forma de preocupación pero sin ser eso exactamente. Estaba alterado. Necesitaba dirigir toda esa energía y no sabía cómo. Se quedó inmóvil, mirando a la pared. A su lado estaba la guitarra, castigada, en la misma posición que hace meses -¿o eran años?. La agarró por el mástil con una enérgica sacudida y tocó. Tocó sin orden ni concierto, sin miedo. Prácticamente sin saber. Se había olvidado. Pensó en ella. En la paz que le ofreció. En el poco tiempo que necesitó para desmontarlo y volverlo a montar como un puzzle. Sólo una tarde. Y la buscó, con cada nota. Con cada nueva frase que tachaba y arrancaba de su libreta. Con su vida arañando cada cuerda, como un grito. Cantó como un imbécil, a tientas, sin brújula ni mapa. Reviviendo cada gesto que recordaba de ella. Poco le importaba que le oyeran los vecinos dando golpes con el pie, marcando el compás como una manada de elefantes. Le creció la barba. Salió a la calle y tocó en una esquina y en otra. E incluso un tipo se le acercó y le chilló “vaya mierda de cantante”. Le daba igual quién fuera a verle. Sólo quería hablar de ella. Gritar su nombre. Su nombre…
Entonces, paralizado, se dio cuenta que aquella tarde no llegó a preguntarle su nombre. Por unos segundos pensó en suspender su concierto callejero y enterrarse vivo, si pudiera. Ni siquiera sabía cómo se llamaba. ¿Cómo se le podía haber escapado semejante detalle?. Dudó por un instante en guardar la guitarra, recoger las pocas monedas que había sobre su funda y coger el primer billete hasta el fin del mundo para desaparecer. Pero se quedó, allí de pie, recuperando el aliento justo antes de volver a abordar su guitarra con una nueva canción. Cantó como nunca, sin percatarse si estaba ante tres personas o cien mil. Se sentía frustrado y eso le hizo sonar más doloroso, más crudo aún. Fue un emocionante concierto del gilipollas más grande del mundo. Al terminar el último tema, escuchó algunos esporádicos aplausos. Abrió los ojos deseando verla allí pero fue en vano. En su lugar un tipo alto y desagradablemente elegante dejó caer una moneda sobre la funda de la guitarra. Mario estaba agotado, exhausto. Pero creyó escuchar algo que salió de boca de aquel desconocido transeúnte.
“Me encanta” pareció murmurar antes de alejarse por el sendero que cruza nuestra soleada avenida.





