Blog

Se abre paso el sol entre cientos de nubes en esta mañana de sábado. Hoy he abierto los ojos con un pensamiento fijo. Es probable que haya soñado toda la noche y que ahora me pase varias horas a rebufo, siguiendo el rastro, intentando darle captura. La mayoría de las veces tiro la toalla, me desoriento y olvido qué es lo que andaba persiguiendo. Pero esta vez tengo alguna pista. Estoy cansado de hacer canciones estúpidas. Me pregunto cuántas canciones estúpidas hay que escribir para llegar hasta una de esas canciones con peso, que nadie olvida. Me imagino que muchas. Parece que esta cuestión puede ser aplicable a otras facetas de la vida y también me he preguntado con cuánta gente estúpida has de toparte antes de conocer a alguien verdaderamente interesante y que te deje huella.

El caso es que tengo un amigo del que me gustaría hablaros que roza el colmo de la estupidez. Una de esas amistades que surge durante la universidad, entre clases, salidas nocturnas y horas sentados en los pasillos. Normalmente este tipo de compañero lleva siempre adherido su apellido a su nombre, como si se lo hubieran pegado con superglue. Cosas de la universidad, supongo. Por todo ello, para muchos yo siempre seré Jaimeroldán y a él lo reconoceré eternamente por Ramónloarte.

Ramón Loarte es una de las personas más preparadas que he conocido nunca. A su lado he tenido siempre la sensación que podía conseguir lo que se propusiera y así se lo he hecho saber. Su presencia inigualable. Un caballero en todas sus formas, de capa y sombrero y un triunfador con todas sus letras. Basta decir que estuvo un año de Erasmus en Finlandia, cerca de la frontera con Rusia, donde la noche es día y el día es la noche y así siguen sin aclararse. Recuerdo hablar varias veces con él a través de un precario Internet y un programa antecesor del Skype, justo antes de coger los skis para ir a clase. Con 30 años ya ha trabajado en empresas muy punteras, por supuesto dirigiendo departamentos en marketing y publicidad. Sevilla, su ciudad natal y a la que adora, se le quedó irremediablemente pequeña y desde hace años desempeña su labor en la feroz Madrid, liderando como no podía ser de otra forma, con el mismo talento y elegancia como nos guiaba antaño a comernos un bocata de lomo, queso y salsa de ajo. ¡Qué buenos tiempos!.

Ramón Loarte, una de las personas más preparadas que he conocido nunca, ha decidido dejarlo TODO para irse a África, a Malawi en ayuda humanitaria durante 1 AÑO, con un plan bajo el brazo, entre el que figuran estupideces varias como conseguir una lavadora industrial de dos mil y pico dólares para poder lavar la ropa de todo un hospital e intentar construir un salón con techo para que cuando llueva no se tengan que anular las clases de los críos. Y es aquí donde se me corta la respiración.

Claro y para que todos sepamos numerar todas estas sandeces juntas, ha decidido crear una web, un facebook, un Twitter… encima, para tenernos a todos al tanto. Podría haberse marchado a cavar, llevar sacos o enseñar a leer, que es lo normal. Pues no. Ha dejado su trabajo y su casa, ha cogido a su pareja y han realizado un lunático proyecto llamado “Helping Malawi” con patrocinadores, colaboraciones, empresas, marcas… para que todas estas estupideces no sean sólo de dos locos sueltos en África. Que si reuniones con Nutribén, con un importante club de fútbol, con empresas que cargan containers… Estas cosas que sólo podría hacer Ramón Loarte, una de las personas más preparadas que he conocido nunca.

Quizás esté yo equivocado y el baremo de muchas cosas en la vida no pueda medirse por lo estúpidas que son. Lo que para muchos sería la estupidez más grande del mundo, para otros es signo de felicidad. Pasa como con la canciones. A veces aquella idea absurda y tontorrona termina por hacer bailar al mundo. Y entonces te ves ahí diciéndote “por qué no se me habrá ocurrido a mí”.

Otra opción sería clasificar las canciones y las personas por su valentía y compromiso. Aunque por desgracia vivimos en un mundo donde la línea que separa lo valiente de lo estúpido sigue siendo demasiado delgada. O sea que para algunos, los cojones de mi amigo Ramón Loarte serían sinónimo de estupidez suprema y viceversa.

Por el contrario vivimos en un planeta de “listos.” Listo es aquel que montó un negocio donde nadie esperaba y ahora es rico. El que tuvo los contactos adecuados para arrimarse al éxito aunque sea de refilón y sobre todo el mediocre al que el charco ni le salpica, gracias a que hay otros metidos en el agua hasta las cejas. Esos no están locos, ¡no!. Porque debe haber gente de todo tipo, nos guste o no. Como las canciones. Siempre está el que se moja y el que no. La canción tontona que todos tararean y la profunda y comprometida que conocen sólo unos pocos. En el fondo nunca he dejado de tener la sensación de que vivo tan bien porque hay otros que recogen la mierda que voy dejando, aunque no me dé cuenta. ¿Qué sería un Primer Mundo si un Tercero?. ¿No es cierto, amigo?. Ahora te pregunto a ti que empiezas en esto.

En el fondo no sé que más puedo hacer al respecto, Ramón. Estoy preocupado por hacer una canción con peso, eterna, que cale hondo y quede para siempre. En seguir haciendo música. Lo demás me coge muy lejos. Este invierno he colaborado con la recogida de alimentos para niños en Benín y por supuesto con Intermon Oxfam, ong a la que pertenezco, con el terrible terremoto de Haití. Ahora me hablas de Malawi. ¿Dónde demonios está Malawi?.

Quizás empezaré por buscarlo en la wikipedia y enterarme, que siempre me molesto cuando otros habitantes de este planeta no saben dónde está España. ¿Y luego qué?. ¿Te envío dinero?. ¿Ropa?. ¿Qué más puedo hacer?.

Tal vez empiece por darle un par de hostias al primero que diga que estás como una cabra. Al que ose comentar que nada de lo que haces cambiará las cosas. A esos, a esos no puedo agarrarlos por los huevos porque los tienen pequeñitos y lo suficientemente apretados por los bancos, los políticos y su propio miedo a que el mundo cambie. Es lo que hay. En el fondo estás haciendo algo que todo el mundo piensa, pero que muy pocos se atreven. Una de esas estupideces con peso, eterna, que calan hondo, para toda la vida. Estás escribiendo tu gran canción, amigo, mucho antes que yo.

Tú Ramón, tienes valor y talento para sembrar toda África de lavanderías y techos donde un crío pueda aprender que existen personas como tú. Porque si alguien se siente pequeño y estúpido a tu lado, soy yo, compañero.

Yo y mis estúpidas canciones.

http://www.helpingmalawi.org/

http://www.facebook.com/helpingmalawi



Buscando a Éxito

6.08.2009

POSTED IN Blog | NO COMMENTS

fotografía: Juan Pablo Mola García-Galán

Éxito era un tipo escurridizo. Difícil de localizar. Miles de llamadas perdidas se hermanaban en su móvil formando una ONG. Con aire despistado y un poco intransigente, era el típico pájaro que no se casaba con nadie. Iba de allí para acá, de reunión en reunión, cultivando amigos que luego abandonaba sin pudor. Un rey de las excusas que siempre andaba ocupado pero nunca hacía nada. Así era él. Exigente pero complaciente. Dominante pero discutible. E irremediablemente atractivo para el mundo. A su lado la amiga Tolerancia, era una muñequita de anchas caderas. Y qué decir de su prima Vanidad, tan apegada y condescendiente con él. A pesar de vivir entre un sinfín de retoques, no le llegaba ni a los talones. No había fiesta, inauguración o vida, en la que no estuviera invitado Éxito. Y así andaba su buzón, embozado de tarjetas, cartas y súplicas porque se dignara a responder a cualquiera de aquellas infinitas convocatorias.

Entre todas se encontraba la de Mario, un joven músico andaluz de pelo castaño y cierto aire bohemio. Hacía poco que vivía solo en un apartamento de escasos metros cuadrados. Los suficientes para él, su guitarra y alguna que otra señorita que pasaba a escuchar sus nuevas composiciones en riguroso directo, a pleno pulmón. Aún no sabemos el motivo exacto que impulsaba a la audiencia de Mario a quitarse por completo toda la ropa mientras escuchaban alguna de sus inéditas canciones. Quizás fuera la progresión armónica o su delicada melodía, pero lo que está claro es que Mario no acaba nunca sus conciertos, no firmaba nunca autógrafos ni podía darse un baño de masas. Entre otras cosas, porque debido al tamaño diminuto de su hogar, su aseo sólo disponía de un sombrío plato de ducha. Cansado de reinventar el concepto de “concierto unplugged”, una tarde salió por la puerta dispuesto a cambiar su vida.

Había oído a un amigo contar la historia de su exvecino arquitecto. Por lo visto, tras unos interminables meses preparando un proyecto, el tipo decidió dar una cena para varios invitados en su piso. Era tanto el esfuerzo que había realizado que la ocasión lo merecía. Se empeñó en cocinar para ellos. Abrirían un par de botellas de vino y brindarían por el futuro. Había trabajado tan duro que su mujer no veía el momento de que aquella condena acabase. Él la llamaba “mi obra”. Ella sólo pensaba “a ver cuándo la cobra”. Marta, una de las amigas solteras de su esposa se presentó con un acompañante, un tío bastante alto y vestido elegantemente. Ella estaba nerviosa pero radiante. Hacía poco que conocía a aquel chico y encima la acaban de ascender. Marta estrenaba un vestido estampado muy ajustado que le quedaba puesto como el mismo demonio, pero había algo en el ambiente que la impermeabilizaba de cualquier complejo. Era capaz de reventar como un pollo embutido sin dejar de sonreír. Una vez llegados el resto de los invitados y tras las oportunas presentaciones se sentaron a comer. Rápidamente todos se dieron cuenta que el acompañante de Marta acaparaba toda la conversación. La energía que desprendía era tal, que el auditorio olvidó el insufrible asado que aún arrastraban entre los dientes. El maridito arquitecto no pudo contenerse y una vez devorados los postres que eran de Häagen Dasz -¡gracias a Dios!- despejó la mesa y apareció con una albina e inmensa maqueta. Sin previa autorización marital comenzó un resumen que comenzaba muchos meses atrás -cuando el infierno aún estaba templado- esquivando de soslayo las mortíferas miradas de su esposa a medida que su exposición avanzaba. Una vez acabado el martirio, se produjo un incómodo silencio. La mayoría se esforzaba por sonreír intentando disimular que en el fondo no se habían enterado de nada y que aquella gigante miniatura les importaba más bien poco. Pero fue en ese instante, tras aquel mutismo disfrazado y eterno, cuando el acompañante de Marta se levantó y estrechándole la mano al insufrible arquitecto exclamó: “me encanta.”

Cinco años más tarde, tal día como aquel, se inauguró aquel mastodóntico complejo en la Manga, construido por la cadena hostelera Radisson y aún hoy, sigue pareciendo imposible que aquello fuera diseñado por una sola persona y lo más increíble, con tan poco gusto para la cocina.

Estaba clarísimo que la vida de aquel tipo cambió aquella noche, como también lo hizo la de Marta, la amiga de su esposa, que un par de meses después de aquella cena le perdió la pista al chico alto, su empresa se fusionó con otra que le amargaría la existencia y para colmo, se veía gorda con cualquier atuendo. Era evidente que bajo aquella huella imborrable se hallaba la firma de Éxito. Era su estilo, su modus operandi. Sólo él era capaz de lo mejor y lo peor. De regalarte unas alas al borde del abismo o de rellenártelas de plomo en el momento menos esperado.

Mario sabía que tenía que hacer lo posible por encontrarlo porque pensaba firmemente que ese era su destino para convertirse en una estrella, y además al conocer la historia que le había contado su amigo al fin tenía un punto de partida para su ansiada búsqueda. Comenzó visitando al arquitecto quien hacía dos años que se había separado de su mujer, acusado de intentar envenenarla con un guiso. Él que vivía ahora en un espectacular chalet que había proyectado a las afueras de Valencia, no supo aclararle nada pero al menos le entregó la dirección de su exmujer a la voz de: “no le digas que te la he dado yo por lo que más quieras”. Y allí que se plantó el valiente Mario para volver a irse con las manos vacías. De la exmujer pasó a Marta, que andaba más gruesa y deprimida. El motivo de su aumento de peso se debía a que se había quedado embarazada de un compañero de trabajo al que odiaba, un ricitos de tez pálida que le daba un asco que se moría. Marta lo derivó a un amigo de un amigo, y éste a su vez a una dirección donde corría la voz que Éxito había estado viviendo con una joven pintora un par de semanas. La pintora -que había abandonado el pincel para dedicarse al activismo ecológico- le comentó que si volvía a encontrarse con Éxito más vale que fuera mientras estaba encadenada a un árbol. Mario fue deshaciendo cada paso que Éxito había dado, encontrándose con cada médico, albañil, político, artista o afortunado de la lotería que aseguraba que una vez convivió un rato con tan extrañísimo individuo. Y todos llegaban a la misma conclusión: a pesar de ser la persona más impactante que habían conocido nunca, más pronto que tarde todos se dieron cuenta que en el fondo era un jodido cabronazo sin sentimientos.

Desesperado y tras cuatro años y ocho meses de incesante búsqueda, Mario se dio por vencido y volvió a casa. Allí, tumbado en su mini lecho mortal, cayó en la cuenta que en todo este tiempo no había sido capaz de escribir una nueva canción. Había puesto todo su esfuerzo en ir de un lado para otro, siguiendo los consejos de la gente, los rumores, las teorías que aseguraban que Éxito paraba en aquel bar, cogía el metro en aquella parada o veraneaba en aquella costa. Que cambiaba constantemente de dirección y teléfono. Cuatro años dando tumbos en continua persecución, siguiendo pistas falsas y escuchando a gente idiota que ni siquiera podrían asegurar haber visto a aquel tipo.

Entonces quiso volver atrás. Recuperar sus hábitos. Rescató sus viejas canciones porque se sentía solo. Quiso resucitar aquellas inagotables tardes de conciertos nudistas. Deseaba olvidar ese absurdo viaje emprendido, que nadie se enterara de que fue una absoluta pérdida de tiempo. Pero al abordar de nuevo sus canciones, aquellas melodías sonaban viejas. Era como observar fotos de un pasado no muy lejano, en ese punto intermedio donde aún no inspiran nostalgia y por el contrario todo pinta seco y rancio. Y para su desgracia comprobó que su efecto seductor había desaparecido. Las chicas apenas lo escuchaban y de quitarse la ropa ni hablamos. Pensó en emborracharlas o emplear afrodisíacos en la bebida. Hasta arrinconó su guitarra y utilizó el viejo truco de “voy a poner un poco de Bob Marley. En vinilo, por supuesto”. Pero poco a poco fue alimentando su fracaso. Se cansó. Se aburrió de la música y buscó otras distracciones. Sus sueños de vivir con ella y de ella pasaron a un segundo plano. Y allí, en su minúsculo panteón con plato de ducha, se congeló su talento.

Pasaron varios meses hasta que por pura casualidad conoció a una amiga de otra amiga, ¡ya sabéis!. Era algo caótica pero extremadamente divertida. Su sensibilidad oscilaba como un péndulo. A veces se mostraba receptiva y paciente, y en otras ocasiones tan mansa como un punzón de hielo. Alguien los presentó a raíz de una conversación que a Mario le era desgraciadamente familiar. Se ve que un primo de un amigo de un vecino, había inaugurado un negocio de decoración por todo lo alto. Muchos aseguran que esa noche hubo allí un tipo alto, algo despistado pero insufriblemente elegante, departiendo con el resto de los asistentes. Por lo visto fue la sensación de la velada y algunos testigos aseguraron que no habían disfrutado tanto en una tienda de muebles desde que ardió un IKEA un domingo de madrugada. Mario se levantó malhumorado, sin despedirse, pero aquella chica de pelo alborotado lo siguió. Se ofreció a acompañarle y a preguntarle el porqué de su reacción. Hablaron largo y tendido el resto de la tarde, caminando en círculos, de un lado para otro. Ella se rió de él todo lo que pudo y de su soberana idiotez cuando Mario le contó su viaje en busca de aquel extraño personaje. Pero él no se molestó, al contrario, pareció encontrar un alivio inusitado. La invitó a subir. Le amenazó con coger la guitarra y arrojarle algún fósil en forma de canción al oído. Ella se negó, le dijo que no estaba dispuesta a aguantar semejante coñazo. Tenía la virtud de decir cualquier maldad sin parar de sonreír. No era hipócrita, era simplemente maravillosa. Se despidió de Mario no sin antes comentar: “no creía que hubiera alguien tan gilipollas como tú por este mundo”. Y se marchó. Al caminar por la avenida se giró de nuevo, observando como él seguía impávido sobre el portal. Y allí en medio de la nada, le sonrió por última vez.

Mario pasó un día entero inquieto, muy vivo. Intentó ponerse en contacto con su nueva amiga pero fue imposible. Sentía que algo le zarandeaba en su interior, con forma de preocupación pero sin ser eso exactamente. Estaba alterado. Necesitaba dirigir toda esa energía y no sabía cómo. Se quedó inmóvil, mirando a la pared. A su lado estaba la guitarra, castigada, en la misma posición que hace meses -¿o eran años?. La agarró por el mástil con una enérgica sacudida y tocó. Tocó sin orden ni concierto, sin miedo. Prácticamente sin saber. Se había olvidado. Pensó en ella. En la paz que le ofreció. En el poco tiempo que necesitó para desmontarlo y volverlo a montar como un puzzle. Sólo una tarde. Y la buscó, con cada nota. Con cada nueva frase que tachaba y arrancaba de su libreta. Con su vida arañando cada cuerda, como un grito. Cantó como un imbécil, a tientas, sin brújula ni mapa. Reviviendo cada gesto que recordaba de ella. Poco le importaba que le oyeran los vecinos dando golpes con el pie, marcando el compás como una manada de elefantes. Le creció la barba. Salió a la calle y tocó en una esquina y en otra. E incluso un tipo se le acercó y le chilló “vaya mierda de cantante”. Le daba igual quién fuera a verle. Sólo quería hablar de ella. Gritar su nombre. Su nombre…

Entonces, paralizado, se dio cuenta que aquella tarde no llegó a preguntarle su nombre. Por unos segundos pensó en suspender su concierto callejero y enterrarse vivo, si pudiera. Ni siquiera sabía cómo se llamaba. ¿Cómo se le podía haber escapado semejante detalle?. Dudó por un instante en guardar la guitarra, recoger las pocas monedas que había sobre su funda y coger el primer billete hasta el fin del mundo para desaparecer. Pero se quedó, allí de pie, recuperando el aliento justo antes de volver a abordar su guitarra con una nueva canción. Cantó como nunca, sin percatarse si estaba ante tres personas o cien mil. Se sentía frustrado y eso le hizo sonar más doloroso, más crudo aún. Fue un emocionante concierto del gilipollas más grande del mundo. Al terminar el último tema, escuchó algunos esporádicos aplausos. Abrió los ojos deseando verla allí pero fue en vano. En su lugar un tipo alto y desagradablemente elegante dejó caer una moneda sobre la funda de la guitarra. Mario estaba agotado, exhausto. Pero creyó escuchar algo que salió de boca de aquel desconocido transeúnte.

“Me encanta” pareció murmurar antes de alejarse por el sendero que cruza nuestra soleada avenida.

Un rey con sombrero

22.12.2008

POSTED IN Blog | NO COMMENTS

fotografía: Liki Fumei

Hace poco más de un año, mientras la nieve comenzaba a colorear los paisajes más altos de España, un artista gaditano llamado “El Barrio” se colocó número uno en la lista de Ventas de Promusicae por encima del colombiano y multipremiado Juanes. Caía Noviembre y fueros siete lunas los que duró su reinado, de miércoles a miércoles. No necesitó más para desbancar por algunos mágicos días a uno de los actuales artistas latinos más vendedores del mundo. Y lo hizo con una compañía independiente de Sevilla, que lleva trabajando junto a él desde sus inicios. Recuerdo que viajé hasta Málaga para ver a Juanes en concierto cuando se encontraba girando con su anterior trabajo “Mi sangre” y otra vez en un encuentro de los 40 principales al que fui invitado. Y lo más curioso es que su trayectoria y la de El Barrio tienen más de un punto en común. Quién lo diría.
Hace aproximadamente unos diez años y tras un par de discos prometedores, El Barrio grabó el que bajo mi opinión ha sido el mejor álbum de su carrera “Mal de amores”. Entonces yo andaba melenudo, guitarra en ristre tocando en todas las fiestas y romerías que marcaba un abarrotado calendario. Enfrascado en mi obsesión “ketamera”, recuerdo que aquellas canciones me soplaron las orejas como aire fresco. Entonces yo no sabía que me iba a dedicar a la música ni mucho menos, pero no hacía falta desentrañar aquel álbum para entender que aquel tipo bajito y con sombrero, tenía talento. Muchos de esos elementos que respiraban en aquel trabajo siguen siendo hoy la esencia de su sonido. Sus letras, el acordeón, los coros elaborados, la estructura de sus canciones… Las ventas fueron floreciendo pero al llegar a una frontera se estancaban. Se culpaba a la piratería que por entonces empezaba a ser estragos, pero en mi opinión había otras causas. Siempre hay una línea entre lo minoritario y lo popular. Parece invisible, pero existe. En la música, a veces, es más difícil vender de 40 a 80mil copias, que de 80 a 120. Cuando cruzas esa línea tienes la sensación que todo el mundo se ha enterado que existes y el proceso siempre suele ser el mismo cuando nuestra música parte de algo folclórico o de raíz, como puede ser el flamenco o la cumbia colombiana. En otras ocasiones una vez que cruzas esa línea y si no dinamitas tu carrera con decisiones desastrosas, puedes permanecer en esa posición, tras ella, un tiempo curioso. Normalmente esto se hace repitiendo la fórmula. Y aunque no hagas nada totalmente nuevo, a muchos le funciona.
Me contaba Víctor, un amigo mánager que lo acompañó a una promoción, que El Barrio enfurecía al ver como las “Papá Levante” (aquel grupo de chicas que vendieron durante un verano) se encontraban allí firmando discos tras despachar 150mil copias del hit veraniego “Me pongo colorada”. Entonces Víctor le recordaba que lo suyo era cuestión de tiempo. Y no se equivocaba.
El Barrio siguió grabando, y no fue hasta tres discos después cuando cruzó la ansiada frontera. Emigró al lugar de los elegidos. Y en mi opinión, ni siquiera lo hizo con su mejor álbum. “Ángel Malherido” fue disco de platino en España y consagró a El Barrio como un artista de masas. Efectivamente, era cuestión de tiempo. Su evolución fue la típica en estos casos. Poco a poco se alejaba de la guitarra flamenca y el cajón, para sustituirlas por guitarras acústicas, eléctricas y batería con un concepto diferente. La rumba pasó a convertirse en rock andaluz. Llenó Vistalegre en Madrid. Ganó entidad, imagen. Sustituyó los detalles más localistas para hacerlos más estándar. Asequibles. Y todavía hay alguien que se extrañe que a un gallego le guste El Barrio. Eso con sus primeros discos era impensable.  Tras esto llegaron “Querida enemiga” (de su disco las Playas de Invierno) y “Buena, bonita y barata” (de La Voz de mi silencio) los dos primeros singles de sus dos siguientes álbumes. Son primas hermanas. No descubren nada nuevo, y a pesar de sus numerosos puntos musicales en común, el más importante es que no son malos temas. Son canciones en su onda y cumplen. Todas pagan el arancel necesario para quedarte al otro lado de la línea. Me recuerda en parte a El Arrebato, otro artista folclórico que vive allí por méritos propios. Aunque tengo la sensación de estar escuchando siempre la misma canción, una vez que encontró el camino hacia su público siempre les da lo que debe. Aunque a mí me parezca lo mismo, una y otra vez. Hasta día de hoy, siempre han estado a la altura.
Nadie vende 100mil discos una y otra vez sin tener algo. Una conexión con un público. Cuando alguien me dice que tal grupo nuevo del que no he oído ni hablar, ha vendido todos estos discos y yo no me he enterado, siempre pienso que hay más de cuento que de realidad. Alguno que otro se va a vivir “al otro lado” pero de alquiler. Por un veranito. Por un programa de televisión con audiencia masiva. Por algún fortuito motivo. Pero la línea es la línea. Y tras ella los artistas se atrincheran en sus casas y procuran mudarse para toda la vida. Allí conviven Cádiz y Bogotá. En un mismo lugar.
No sé si El Barrio habrá aprendido a hacer mejores canciones que las de aquel “Mal de amores” de hace 10 años. Él pensará que sí, por supuesto. Y aunque yo crea que aún no se ha superado, lo que sí ha hecho es aprender cómo funciona este negocio. Ha seguido luchando hasta encontrar otros sonidos, y hasta perfeccionar el suyo mismo. Lo ha hecho inconfundible, al igual que su imagen, pegado a su sombrero, inalterable a pesar del paso del tiempo. Y lo más importante es que no ha sido de la noche a la mañana.
En general, creemos tanto en el éxito fácil que nos hemos olvidado de cómo son realmente las cosas. Pensamos que una mañana Queen se levantó e inventó el Bohemian Rapshody. Con sus coros, sus excesos y su frescura. O que El Barrio no tardó 6 álbumes en alcanzar el éxito masivo. Alucinamos con “La camisa negra” de Juanes, como si no fuera la lógica evolución de un tema titulado “la Paga” prácticamente exacto de su anterior disco. Juanes arrasó en todo el mundo con el disco “Mi sangre” que en mi opinión es mucho peor álbum que “Un día normal” que fue quien realmente le hizo cruzar la línea (su segundo disco en solitario). Este último que ha editado, “la vida es un ratico” es peor incluso que el anterior, si me dejan.
No sabéis cómo me alegro de la conquista de El Barrio. Caía Noviembre y se alzó con el número uno. A veces, entre mis discos, me tropiezo con el único álbum que tengo de él. Se titula “Mal de amores”. Por entonces la nieve también coloreaba los paisajes más altos de este país aunque yo nunca tuviera frío y fuera con medio pecho fuera. Y decir que aquel tipo iba a ser número uno de ventas era algo de locos. Ni siquiera he sido muy fan suyo. Pero no hace falta serlo para darse cuenta de su evolución e intentar entenderla.
No es un disco o una canción siempre. A veces es una carrera, una curva de aprendizaje, un sonido. Otras es un cúmulo de todas estas cosas.
Un paso. En su mayoría jodidamente difícil. Aprendamos a dar ese paso y a reconocerlo. Es algo que puedes respirar, un límite invisible que te ganas a pulso. Es el momento en que tu mensaje y tu música pasa a ser comprensible para una gran mayoría.

Caía Noviembre. Y por siete días reinó un rey sin corona. Llevaba sombrero, y hacía mucho que había cruzado la línea. Allí donde viven los buenos. Allí donde todos quieren volver.

Felices Fiestas a ti, estés dónde estés.

fotografía: Escudella

Ahora que estreno nuevo estado civil y que el profundo trasiego de este año parece recobrar la cordura, empiezo a recuperar el ritmo diario, como un corredor cuya respiración alcanza la perfecta sincronía. Hoy es uno de esos “días cualquiera” que no te ofrece más novedades de las que están programadas. No espero sorpresas ni llamadas desestabilizadoras. Me basta con seguir el guión. Editar el último tema que grabé ayer, preparar la sesión de guitarras que grabaré mañana… es tan fácil como llevarse la cuchara a la boca, lo sé. Pues aquí me encuentro tecleando, para romper el orden y convertir esta rutinaria mañana en otra cosa.
Hace poco tuve una sanguinaria discusión con una joven artista. Hablaba -como es normal- sobre su frustración y posibilidades para seguir avanzando en este injusto mundo. Sus planes tuvieron que ser sustituidos por unos nuevos. Y esos, por otros diferentes. Todo giraba en inventar la fórmula perfecta, encontrar el proyecto salvador o a las personas que la subieran en el siguiente vuelo hacia al éxito. A veces la inquietante naturaleza de los artistas les impide reconocerse así mismos. Y en el interior de cada uno, posiblemente se halle la respuesta. Quizás debamos empezar por conocer de qué material estamos hecho.
Hay muchas formas de catalogar al ser humano. Pero a mí me encanta hacerlo de dos maneras. Personas sensibles y personas que no lo son. La sensibilidad es la tendencia natural del hombre a sentir emociones, a responder a ciertos estímulos que el mundo nos ofrece. Hay gente que no tiene agudizado este sentido. Son capaces de mantenerse firmes ante estos sentimientos sin hacer ningún esfuerzo. Es su forma habitual de enfrentarse con la vida y por su cabeza no se les pasa ni mucho menos cantar o escribir sobre sus propias frustraciones o subirse a un escenario. Son justo lo contrario, pero igualmente necesarios. No olvidemos que este tipo de personas con sus virtudes y sus defectos, hacen que gire este mundo. Escriben las reglas, toman influyentes decisiones. Desde el más pequeño al más grande. Actúan, pero de otra manera.
Las personas sensibles son sufridoras por naturaleza. Se alimentan de todo lo que a los otros les pasa desapercibido. Tienen muchas más inseguridades porque todo les afecta. A veces con el tiempo, se van haciendo más duras y consiguen filtrar algunas, aprendiendo a distinguir entre ellas. Tienen la necesidad vital de encontrar su camino y junto a él una válvula de escape para todo aquello que absorben. Si no revientan. Ven lo que otros no ven y llegan allí dónde muy pocos alcanzan. Las personas sensibles son las que cambian el mundo, las que hacen que gire con un maravilloso sentido. Y aquí en esta categoría se encuentran los artistas.
Una vez que Los Beatles se disuelven en el 69 es interesante observar cómo evolucionó la música de alguien como John Lennon. Si echamos un ojo a su discografía en solitario o leemos algo sobre su vida, nos daremos cuenta que a medida que pasa el tiempo encontramos a un Lennon mucho más comprometido con el mensaje que con la propia construcción de las canciones. Con dos acordes, en pijama y sobre una repleta cama escribió “Give peace a chance” que se convirtió muy pronto en el himno de cualquier manifestación antibélica. Temas como “God”, “Working Class Hero”, “Power to the people”, “Imagine”… demostraban que su compromiso caminaba por encima de acordes y melodía. No necesitaba inventar nada nuevo. Simplemente hablar de todo lo que le afectaba o sentía, que era mucho. También fue Lennon quien dijo “que la vida es aquello que te va sucediendo mientras tú te empeñas en hacer otros planes”.
Hoy todo se quiere resolver haciendo planes. Todos los artistas que empiezan, buscan el sistema que los catapulte y los saque de este inmenso agujero en el que parece que está metida la música. Todos son personas sensibles, con más o menos talento, que sufren por no ver cumplidas sus expectativas. Chocan directamente con aquellos que no lo son (que suelen dirigir el negocio musical), y se enfrascan en guerras absurdas, emponzoñándolo todo. Metiendo en el mismo saco a unos y a otros. Entre ellos se obligan a entenderse y eso es tan absurdo como esperar que alguien sin sensibilidad se emocione con la intención de tu mensaje, o que alguien sumamente sensible dirija una planta de vertidos tóxicos en Namibia.
El secreto no está en tener uno o dos discos en el mercado. Es más, lo que precisamente sobra en el mercado son discos de aquellos que no tienen nada que contar. Hace tiempo que grabar discos pasó a un segundo plano. Es algo sólo un poco más sencillo que aprender a manejar la Thermomix. Lo que hace falta es compromiso. Conocerse lo suficiente para descubrir qué te afecta y qué te supera por encima de todas las cosas. Qué es lo que quieres decir y quién puede querer escucharlo. Debes partir de algo emocional no de algo premeditado. Todos los grandes éxitos musicales surgieron de esta forma. Puedes preguntar a los autores y artistas que lo hicieron. No se trata de sentarte a inventar el hit del verano en medio mundo. Coger estas piezas, ponerlas en esta posición y darle a la gente lo que piensas que quiere. Esa es la historia de la “fast food music”, pero todo eso pasa. Normalmente, nada de esto cimienta carreras.
Una vez que lo emocional promueva tu música, sea el núcleo de ella,  luego vendrán los planes. Luego se hará un esfuerzo porque esa música sea rentable. En ese momento todo será un proceso más cerebral y organizado. El error es que la mayoría de movimientos que realizan los nuevos artistas en este sentido están impulsados por numerosos planes, que al final como bien sabía Lennon, no se cumplen. Siendo personas muy sensibles pretenden organizar sus carreras de manera totalmente cerebral. Se olvidan de su naturaleza y no son de verdad.
De lo emocional lo cerebral, no al revés. Es el mismo trayecto que realiza un artista (de lo sensible) hasta una discográfica (lo no sensible, la maquinaria), por ejemplo. Si la idea es verdadera y corresponde a lo que eres y a lo que sientes, al final debe encontrar un momento en el que se ponga en circulación y llegue a la gente. En ese instante será el momento de inventar planes, promociones, cosas ingeniosas que te permitan alcanzar mayor éxito. Con disquera o sin ella.
Conocerse y admitir cómo es uno parece sencillo. “Soy artista, sufro y tengo la necesidad vital de hacer esto” debería ser el primer paso. En cambio, aceptar este compromiso es muy complicado. Preferimos seguir haciendo planes. Uno tras otro.
“A ver qué invento hoy para que me cambie la vida”. “¿Y si montara una banda de rock gótico?”.
Es más fácil que todo eso. Es ser lo que eres. Y no debe ajustarse a ningún plan mágico. Es adaptar todo lo que te preocupa a lo que realmente eres. Tu hipoteca, tus inquietudes, tus sueños, tu música… a tu forma de entender la vida. Si tocas flamenquito en un bar no pretendas comprarte la casa que Mick Jagger tiene en Dubai. Si ensayas en el garaje de tu casa con tus cuatro amigos no te cabrees por no salir en la tele tantas veces como Amaral. No en ese momento. Quizás llegue tu momento, pero tendremos que seguir trabajando para lograrlo. No quieras parecer insensible como los demás, y organizarlo todo como si nada te afectara. Eres artista. Empieza por entender a los de tu especie, como el que estudia sus antepasados. Empieza a darte cuenta lo importante que es para ti sentirse bien a nivel emocional y lo que afecta eso a tu trabajo. Si esto lo tienes claro y llevas años intentándolo sin suerte, quizás estemos haciendo algo mal. Tal vez no tengas suficiente talento, carisma, material… todo es posible. Quizás no caminemos en la dirección correcta, aunque eres tú quién debería vislumbrar el camino.
Así que no quiero oír ni un plan más.

Hace tiempo que solamente escucho planes.

Hace tiempo que no te escucho cantar.

A pocas nubes de ti

12.10.2008

POSTED IN Blog | NO COMMENTS

fotografía: Toni Verdú Carbó

Hoy 12 de octubre de 2008 el día ha despertado mejor que ayer. He visto el pasar de las horas oteando el cielo, contando las nubes, como segundos en el reloj. Y ahora me encuentro a siete nubes y media de casarme con Claudia. Espero que sin la lluvia como testigo.
Es curioso pensar en la cantidad de cosas en esta vida, que se escapan a nuestro control. Y nosotros seguimos ahí, empeñados en dibujar nuestro destino sobre un mapa. Cuando las cosas se tuercen, y el trazo se sale de la línea, a veces perdemos el norte. Y no hay algo que más miedo dé, que caminar por lo desconocido. Por aquel lugar donde sin remedio, somos más vulnerables.
Este ha sido un año muy duro en lo personal. Os juro que me he paseado por sitios a los que no deseo volver, pero de los que no me arrepiento haber conocido. Al final uno aprende que es imposible llegar sin hacer el camino. Que pocas veces los atajos acaban donde uno desea, y que más vale vivir cada paso y ser consciente del valor que uno tiene por seguir en pie. He pasado mucho tiempo deseando alcanzar metas que aún no me corresponden. Siempre apuntando a la música y a todo lo que ésta conlleva. Desde que empecé este viaje escribiendo canciones hasta hoy, me he ganado a pulso mi destino. He hecho todo lo que estaba en mi mano para atrapar mis propósitos, unas veces con mejor o peor criterio. Esperando el reconocimiento, el éxito, y ese estúpido cambio de vida que idealizamos, donde todo es más sencillo. Donde todo está hecho.
Y ni mucho menos, estoy dónde soñaba.

Donde me encuentro es a siete horas de casarme. Llevaré un traje de etiqueta, y pasearé por una alfombra roja. A mi lado, en vez de un montón de desconocidos, estará toda mi gente, y cogida a mi brazo, mi madre. Quién lo diría. Y aquí la música es diferente. Es más personal y sincera. En definitiva, la música eres tú. Con tus miedos y tu energía. Tus planes y tus compromisos. Tus límites y tu escaso control sobre las cosas. La gran verdad de todo esto, es que escribes lo que eres y no lo que quieres ser. Y no hay fondo ni música, si no vives.

He compuesto mis mejores canciones en mi año más difícil. Y han sido las que más éxito me han dado. Las que me acompañan a este salto mortal que a veces te da la vida. Las que surgen al combate de la soledad. A las puertas de un día mejor. Las que contagian esperanza, y van más allá de lo que sientes. En definitiva,  las que me han llevado hasta hoy. A este momento.

A pocas nubes de ti.

A dentelladas y porrazos

21.05.2008

POSTED IN Blog | NO COMMENTS

Una de las frases más bonitas que he oído en estos últimos cuatro meses de exhausta supervivencia proviene del artista y productor puertorriqueño Tommy Torres y dice así: ‘Se ha escrito tanto del amor, que en vez de nuestra musa, hoy es nuestra excusa’. Desde entonces, le he estado dando vueltas a mi vida y he cerrado los oídos a todo aquello que antes era mi pan de cada día. Lo curioso es que en el camino o más bien, en el desvío, he ido encontrando cosas que se hallan fuera de todo pretexto, alegato o disculpa. Ha sido entonces cuando me he dado cuenta que hemos torpedeado el amor hasta hundirlo. Y que ha pasado de ser algo especial a un complemento más en este presente de pose y etiqueta.
No hace mucho que Miguel -mi editor- me hablaba de su último y ya habitual viaje a México, donde estuvo reunido con numerosos profesionales de la industria musical de aquel país. Me recordaba lo mucho que le habían insistido en que allí las letras de las canciones debían ser exclusivamente de amor y desamor, y que no existía tonada que tuviera la mínima probabilidad de éxito si su temática ponía los pies fuera de esta palangana. Así de simple como lo cuento. Este ‘mandato del amor’ no nos debe sorprender ni mucho menos. No hay más que escuchar el noventa por ciento de las canciones radiadas en todo el mundo para darse cuenta que nuestro cancionero universal gira entorno a tan caprichoso concepto. Pero ¿estamos preparados para escribir más allá de la superficialidad del ‘te quiero, te dejo y te echo de menos’ que predomina y se reproduce como un virus en las listas de radios? O mejor aún. ¿Está el público predispuesto o preparado para escuchar algo más que eso?.
El problema no son las canciones de amor, que tienen siglos de historia. Es con la frivolidad con la que a veces tratamos los autores a este sentimiento de dominio público y universal.
Cuando el inglés David Beckham aterrizó en España para fichar por el equipo de la capital, su imagen fue portada de numerosos medios de comunicación. Recuerdo perfectamente su llegada al aeropuerto portando una resplandeciente chaqueta blanca, dos pendientes de brillantes y el pelo recogido. Durante los siguientes meses observé que en nuestro país nacieron ‘mini-beckhams’ allá por donde levantaba la vista. La chaqueta de Armani o Dolce&Gabbana que calzaba el inglés se vendía ahora a 15 euros en cualquier mercadillo. Lo que en manos de David me parecía ‘fashion’, ahora en manos de mi vecino parecía una horterada máxima. En el momento en que la exclusividad pasa a ser privilegio de todos, se adultera, y ese halo excepcional que tienen ciertas cosas, inevitablemente se evapora. Pero el amor no es una chaqueta ni una moda. Ni sólo está al alcance de unos elegidos. Es un bien común.
He pasado los últimos cuatro meses de mi vida retirado de toda melodía. Los que hayáis seguido la última entrada de este blog sabréis que me he atado a la cama de un hospital junto a mi madre enferma en lo que sin ninguna duda ha sido la peor etapa que he sufrido nunca. Tras veintitantos días ingresada en planta, su estado empeoró hasta el punto que sin oferta ni bancotel posible, le asignaron un módulo en la UCI del Hospital Virgen Macarena de Sevilla. Allí permaneció 56 días más, en un estado crítico donde todo el equipo médico nos recordó diariamente que asumiéramos su inminente pérdida. Nosotros nos negamos a hacerlo. Ella debía seguir luchando. ‘Sepsis grave en paciente inmunodeprimida’ rezaba su hoja de seguimiento cada mañana. Se complicaron el corazón, la vesícula, pulmones, riñones… luego vino la traqueotomía, paradas, pérdida muscular, tejidos necrosados… Sin paliativos: la lista fue terrible. Un máster en medicina al completo. Sin perder un ápice de fe, no dejamos de creer en su fortaleza y su capacidad para salir de esa hora tan honda. Finalmente despertó, según los médicos ‘de forma milagrosa’. Y sin saber muy bien cómo, comenzó a recuperarse de esta batalla contra la muerte. La subieron a planta nuevamente, no antes sin recordarnos que la historia no había acabado y que debido a su delicado estado, una recaída y nuevo ingreso en la cámara de los horrores, era más que probable. Pasaron 31 días más en la séptima planta, hasta que una ambulancia la trasladó a nuestra casa, de vuelta a la vida.
Ahora está sentada en su butaca. No puede caminar aún, pero los fisioterapeutas dicen que si sigue así estará bailando sevillanas en breve.
Durante este periodo he recibido numerosos apoyos de amigos y colegas de profesión. La Brujha compuso un tema de aliento que no tardó en enviarme a través del móvil. Mi socio y amigo, Jesús Domínguez, escribió un precioso poema titulado ‘Gota de lluvia’ que nos llegó al alma y publicó en su blog, que tanto recomiendo visitar. Nayla, la maravillosa artista libanesa, nos hizo llegar una medalla de la Virgen del Líbano junto a esencia de su país. K.C. Porter, productor de grandes artistas afincado en Los Ángeles, me envío una oración y un tema que compuso junto a su amigo Carlos Santana, titulado ‘Curación’… Recibimos una cinta de la Virgen del Pilar que atamos a su cama. Multitud de estampas, reliquias, aceite de Santa Ángela… hasta un pequeño azulejo imantado con el dibujo de la Santa que hoy posa adherido al frigorífico. Hubo tantas muestras de cariño que nunca pensé en el valor de estos pequeños o grandes gestos, hasta que no los disfruté de primera mano.
Por primera vez sentí que esta lucha sin cuartel, no era el problema de Gary Cooper, abandonado a su suerte en un pequeño pueblo del lejano oeste. Esta vez me sentía arropado y orgulloso porque cualquiera de estas personas dedicara al menos una oración o un minuto de su tiempo a esta situación tan dolorosa para mí. El calendario se deshojó entre botes de suero y la construcción del altar mayor en un rincón de la habitación de ese ya, viejo hospital. Pero si algo hallé en todo este tiempo naufragando entre sus pasillos, fue amor. Observé cómo otros familiares -que sentados como nosotros esperaban las noticias de boca de los médicos- se derrumbaban al oír con crudeza el estado de sus pacientes. Incluso fui testigo de sus progresivas desapariciones, con el paso de los días. Algunos porque los subían a planta. Otros porque el enfermo no sobrevivía. Gente de todas las edades, clase y condición, luchando por sobrevivir.
En estos meses de sequía, de vacío vital, tan desafinados que me ha sido imposible digerirlos a flor de piel, he encontrado un amor sin excusas. Quizás a partir de ahora no sea suficiente el ‘te quiero, te dejo y te echo de menos’ y necesite mirar más allá. Tras el cristal. Como hacíamos desde el módulo 6 de la Unidad de Cuidados Intensivos. Junto a una sinfonía de pitidos y ventilación mecánica. Por allí pasaron las musas. Me abrieron los ojos. Desperté. Y entendí un poco más, para qué estamos aquí, en esta vida tan perra.
Y es para amar.
Hasta el último suspiro. A dentelladas y a porrazos.

fotografía: Kiki Sicardo

Son días difíciles desde la habitación 703 del hospital donde me encuentro haciendo guardia. Problemas de salud familiares me han arrastrado hasta aquí, en este duro comienzo de año, sobre todo a nivel personal. En estas situaciones lo único que puedes hacer es encomendarte al destino, y seguir el a veces incomprensible camino que trazan los médicos en busca de una solución. Esta irremediable condición de ponerse en manos de un señor de bata blanca, le pone a uno bastante nervioso. Es normal que en los momentos de crisis, nuestra primera reacción sea dudar sobre las decisiones de los demás. Rápidamente confundimos los papeles y pensamos que el hecho de haber jugado a los médicos alguna vez, con aquella compañera rubia de banqueta verde escolar, nos otorga derecho a enrollarnos el “fonendo” al cuello. Y lo peor: a creer saber qué es lo mejor para el enfermo. La música no es muy diferente en este aspecto. Básicamente pecamos de lo mismo.
A veces mientras desayuno, ojeo la prensa deportiva, me alejo de tanto ensayo clínico y pienso lo crudo que lo tienen los entrenadores de fútbol. Ellos trabajan a diario, junto a los equipos médicos, fisios, secretaría técnica, encargados de escalafones inferiores… Tienen más información que nadie sobre el club, los jugadores, sus problemas personales, su motivación… Y tomen la decisión que tomen, siempre estarán cuestionados. ¿Por qué?. Porque todo el mundo cree saber de fútbol. Da igual que estés en pijama frente al televisor y no sepas si el delantero titular se está separando de su mujer, o tiene a su madre grave ingresada en el hospital y pasa por un pésimo momento anímico. Crees saber qué es lo mejor para que tu equipo sume de tres en tres y no hay discusión posible.
Este hecho ocurre de mil formas distintas: los padres creen saber qué es lo mejor para sus hijos, los presidentes de los gobiernos lo que es mejor para el pueblo, y por supuesto los mánagers, editores, A&R, autores, productores, arreglistas, asistentes y jefazos de radios…para los artistas. En definitiva siempre es lo mismo.
En nuestro caso, da igual la progresión armónica que utilices, o la profundidad del tema que en la letra abordes, porque el jardinero puede pasar y decirte que la canción es feísima. Que no le gusta como cantas, o que la performance que llevas tiempo diseñando es una pérdida de tiempo. Y a veces no es el jardinero o un obrero de la construcción, sino un editor “veleta”, un mánager “matemático”, o el director de la mayor compañía disquera del mundo latino. Da igual que tu canción para ti sea tan redonda como el balón de la liga, si no la coge Ronaldinho y la coloca en la escuadra.
La diferencia lo marca un elemento fundamental en cualquier profesional. El único principio que es capaz de desprenderse del talento si hiciera falta, saltarse los preceptos del márketing, y aparecer donde nadie lo esperaba. Es el David Copperfield de las virtudes, escurridizo y más trascendente que una potente voz o un físico de infarto.
Es tener criterio. Así de simple.
Hay que empezar a reconocer desde dónde vienen esas opiniones y saber valorarlas. Cuánta importancia tienen y qué conclusiones podemos sacar de ellas. El primer error que podemos cometer es pensar que vamos a fracasar estrepitosamente porque a nuestro jardinero no le guste nuestro trabajo. O mucho peor, pensar que vamos a alcanzar el éxito porque no deje de silbar la melodía que llevas toda la tarde tocando, mientras rasura nuestros rosales.
En realidad la mayoría de las decisiones artísticas que se toman en la industria musical tienen que ver con la falta o no de criterio. Y lo mejor de todo es que se ven venir a leguas. Escucho diariamente artistas, productos o canciones nuevas en la radio que bajo mi punto de vista no tienen la mínima posibilidad de tener éxito. Aún así, hay alguien que invierte dinero en ello y lo peor de todo, pretende convertirlo en beneficios. El porcentaje de artistas que no alcanzan un mínimo de éxito –por éxito me refiero a vivir de esta profesión al menos- gana de forma aplastante a los que logran mantenerse unos mínimos años. Yo mismo he apostado por artistas firmemente que luego no han funcionado en absoluto. Y me ha demostrado lo poco que sé de todo esto y lo mucho que mi criterio tiene que aprender al respecto. No son fáciles estas decisiones, pero las que sobreviven siempre tienen un por qué.
Existen muchos tipos de criterios, algunos que no somos capaces de entender porque van dirigidos a un público fuera de nuestro alcance. Cuántas veces nos preguntamos cómo es posible que tal artista haya vendido ciento de miles de discos. Normalmente hay algo que se nos escapa y no llegamos a ver, pero las cosas nunca pasan por casualidad. Siempre hay no uno, sino varios motivos que sostienen esa victoria.
Un ejemplo rápido de la música más comercial sería Enrique Iglesias. Muy criticado por el público de a pié, por no tener grandes cualidades vocales y ser “hijo de”. Nadie vende 15 millones de discos sólo por eso. Sus producciones son exquisitas, sus temas, directos y muy enfocados a quién le sigue. Ha sabido pasar de lo latino a la electrónica, del español al inglés… y combinarlo todo. Sin hacer ningún tipo de alarde vocal, cada frase que ejecuta está perfectamente interpretada, donde por encima de la estética prima siempre la intención. Enrique Iglesias produce sus propios álbumes y co-escribe sus temas, siempre ayudado por un equipo de personas de primer nivel. Eso para mí es tener buen criterio, y no ha sido sino eso lo que le ha permitido seguir en una gran posición con el paso de los años. Y con todo esto no quiero decir que ser “hijo de” no sea un factor beneficioso. ¡Por supuesto que también lo es!. Pero hay que saber aprovecharlo. Ser un artista no es sólo saber cantar.
A nivel de producción el criterio también es puro maná. Hay varios tipos de productores musicales: los que están encima de cada nota y movimiento, como lo ha sido y es Quincy Jones por poner un ejemplo, y los que sabiendo sólo lo más básico del pentagrama han grabado discos que han vendido lo más grande. (Estos no los nombro no me vayan a amenazar con una pata de micro en mano, aunque me dejara golpear por alguno con el fin de conocerlos). Los dos tienen el mismo punto en común: su gran criterio musical. Esto no consiste exclusivamente en llamar siempre a los músicos más caros, si no a los más adecuados para cada producción. Decidir qué canción es perfecta para un artista, y disfrazar sus puntos débiles a la vez que reforzar lo mejor de él. Luego es evidente que la fortuna, las decisiones comerciales y un millón de factores más influyen para que un artista se sitúe número 1 en el Billboard.
Otro ejemplo. Glen Ballard produjo y co-escribió el “Jagged little pill” de Alanis Morissette que vendió 18 millones de discos en todo el mundo. Dejó gran parte de las voces de referencia que grabó en el estudio de su casa. Ella tocó la armónica y él las guitarras, teclados y programaciones, trabajando a buen ritmo y muy enchufados. Vamos que entre los dos, parieron el álbum -aunque luego regrabaran las partes instrumentales en un estudio mayor-. La compañía discográfica que lo sacó a la venta fue Maverick que fundó la cantante Madonna, otra a la que si algo no le falta,es criterio. El éxito de este trabajo no se debe únicamente al talento innato de Alanis. Es una cadena de intenciones en una buena dirección. Un cúmulo de y siento repetirme, buen criterio.

Ahora, colgado en esta invernal habitación de hospital y atado a la situación delicada en la que me encuentro, he decidido no suplantar a ningún médico más y confiar fielmente en su palabra. Creo que es la única forma de reforzar la fe en que todo va a salir bien. He tenido tiempo para observar su trabajo y estoy seguro que hace lo mejor que cree para su paciente, aunque a veces en casa no entendamos su criterio. Me encantaría que pensaran lo mismo de mí, cuando escribo una canción para un artista en concreto. Porque es lo que hago. Escribo lo mejor que puedo y sé. Aunque a veces no sea suficiente, yo también creo saber lo qué es mejor para cada artista.
Y esta noche, lo mejor para mí es no perder la esperanza nunca.

Para mi madre, que es mi vida. “Nunca dejes de luchar”.

Cruzando los dedos

27.12.2007

POSTED IN Blog | NO COMMENTS

fotografía: Naz Cano

A pocos días de cerrarse este ruidoso año 2006, hago acopio de todas las experiencias vividas. Las horas de estudio y esfuerzo compartido. Los fracasos, que nunca te abandonan pero cada vez duelen menos, y sobre todo el haber cumplido un año más al frente de la carrera. Quizás aún quede lejos el “tete de la course”, pero en el pelotón aunque apretados seguimos pedaleando 365 días al año.
Frente a la amenaza nuclear que se cierne sobre la industria musical, esta Navidad he pedido calma. Me imagino que no pensará lo mismo el que ve como su negocio se marchita mes a mes, pero a los profesionales no nos queda otro remedio. El barco se hunde lentamente, y mientras unos se empeñan en quemar sus últimas horas achicando agua, el resto corre despavorido por la cubierta. Luego -entre corre que te pillo- mientras unos otean el horizonte en busca de un rescate en forma de un provisional “Canon”, hay otros con megáfonos que nos sugestionan con un sinfín de lamentaciones, y nos recuerdan constantemente que la condenada situación mandará nuestros huesos y talento al fondo del frío océano. Y yo me pregunto ¿cómo es que Leonardo Di Caprio no se subió a otra tablita de madera?.
Para el 2008 no deseo oír más descripciones sobre el panorama, ni que nadie me recuerde lo fría que está el agua. Quiero soluciones, salidas, oportunidades, alternativas. Puestos a pedir y teniendo en cuenta las fechas en las que nos encontramos, ¿por qué no construimos botes con lo que podamos escapar de este destino fatal?. Navegamos hacia una nueva etapa, donde no hay barcos gigantescos como antaño, pero sí multitud de embarcaciones más pequeñas, modernas e interesantes. Y la prueba está latente. Cada día voy renunciando más a repertorios de enorme peso y acceso imposible, y vuelco mi tiempo en artistas dueños de sus carreras, con menos difusión pero con las ideas claras. “Hay que sumar”, me recuerda constantemente mi editor. Y es lo que he hecho desde que empecé en esto. Flamenco, Pop, Rock, Publicidad, Infantil… me he tomado en serio todos los palos en los que he trabajado, intentando escribir lo mejor que podía para el artista que tocara en cuestión, fuera cual fuera su edad, estilo o procedencia.
Cuenta Kike Santander en su libro “Por amor a la música” que todas las veces que se ha arruinado fue por tomar atajos, saltarse etapas, y buscar el dinero lo más rápido y fácil posible. Y es verdad. La experiencia me ha enseñado que gracias al hueco que dejan las normalmente frustradas primeras canciones, llegan otras más elaboradas. Hace cinco años no entendía por qué algunos artistas no grababan el material que les enviaba. ¡Si hasta los cedés eran de colores!. ¿Cómo no les gusta?. Hoy escucho aquellos temas, la mayoría cargados de buenas intenciones, y no me parecen que estén a la altura, sinceramente. La cosa se complica, lo sé. Ya la conocemos todos. La probabilidad que Marta Sánchez, por poner un ejemplo, escuche una canción tuya es pequeña. A no ser que te cueles en su habitación con tu iPod y le coloques los cascos mientras duerme, dependerás de su manager, A&R, su editorial, su responsable en la disquera o del camarero de la cafetería donde Marta suele ir a merendar. Aún colándole el cd en el cruasán, existe una probabilidad bastante alta si la comparamos con la posibilidad real que Miss Sánchez “grabe” tu canción en su próximo álbum. Y está claro que por mucho que la “escuche”, si no la “graba”, alguien debe hacerlo o el autor está perdido. Me gusta pensar que los discos de los artistas consagrados, esos que marcan un antes y un después en la carrera de un compositor, se hacen con las mejores canciones posibles, vengan de dónde vengan. Pero no es así. Hay tantos intereses y gente de por medio que las decisiones las toman todos los que no deberían. A veces el dedo apunta hacia ti, cierras la boca y dejas de quejarte. Pero cuando por no apuntar, no te apuntan ni con la señal del pajarito, y meses después escuchas los temas que eligieron finalmente, entonces te entran unas ganas terribles de que alguien te explique en qué consiste todo este juego.
Pero no. Es Navidad y me niego a terminar el año consumido por las incongruencias de esta industria, en estampida hacia la popa, y vuelta a empezar.
Arrancaré una puerta que flote. Pillaré algo con lo que remar. Y tendré fe en lo que hago. En realidad, ya casi he partido. En esta profesión me ha ido mejor siempre que he hecho planes pequeños y a corto plazo. Conseguir una canción de éxito en Andalucía, me llevó a escribir un single a nivel nacional y poco más tarde a cruzar el charco. De colaborar en mis primeros discos infantiles he pasado a incluir temas para una película del mismo género, a cuyo preestreno en la Gran Vía de Madrid asistí hace una semana. Por esta relación que tiene la vida de “causa y efecto”, eso siempre me ha llevado un paso más cerca de la meta. Lo único que ocurre es que ya no tengo tan claro cuál es exactamente esa meta. Siempre soñé que sería Marta Sánchez y compañía. Ahora, sin renunciar a nada, sólo pienso en alejarme de este prehistórico marco que aún algunos se empeñan en resucitar y buscar nuevos horizontes.

Por cierto, hoy cumplo 30 años. Decidle por favor al del megáfono que se deje de tanta “la cosa está muy mal” y me cante cumpleaños feliz. El 2008 nos espera. Y con él quizás Marta quiera una tarde merendar conmigo.

“Es Navidad. Juro que no le colaré nada en su cruasán” dijo el autor al partir, sentado en una puerta flotante.

Y se marchó. Como siempre.

Cruzando los dedos.

Rumbo a casa

30.11.2007

POSTED IN Blog | NO COMMENTS

fotografía: Mazintosh

Al contrario de lo que muchos piensan, y con esta lata irrenunciable de ir cumpliendo años, uno va conociéndose cada vez más. Poco a poco vamos siendo admitidos en algún segmento social extraño, del tipo cascarrabias con gafas de pasta negra o treintañero que no le gusta el queso si no está fundido. Por suerte o por desgracia ninguno de estos ejemplos refleja mi personalidad, aunque recientemente he descubierto que he echado los papeles para inscribirme en el llamado “viajeros a los que les da más miedo despegar que aterrizar”. Según las estadísticas y el sentido común, los problemas de un avión al aterrizar son muchísimo mayores que los que pueden suceder al despegar. Como por ejemplo que al piloto se le olvide sacar el tren de aterrizaje y vaya a usted a saber. En cambio, para mí el despegue representa el momento del “todo o nada”, el punto justo donde o te elevas o tienes la sensación que irás a parar al fondo de la pista. Para ser franco, me acojona.
Acabo de cruzar el Atlántico, de vuelta de Los Ángeles, CA. Allí he asistido a mi primera grabación en la soleada tierra del “show businessmen”. Este era un viaje con el que he soñado desde hace años y tras varios amagos e intentos fallidos, al fin he disfrutado como un niño con zapatos nuevos.
El artista, Paul Maxwel, inglés. La fantástica producción corría a cargo de mi amigo y productor Héctor Pérez. La grabación en los estudios Watersound (Luis Miguel, Molotov, Thalía…) de Studio City y en los estudios AfterHours en Woodland Hills. Y como ingeniero de sonido Rafa Sardina (ganador de 10 grammys). Si continúo citando con cuántos artistas han grabado los músicos que han intervenido en el álbum (metales, coro gospel…), quizás no acabara nunca. En resumen: un subidón de siete días pasados por una consola Solid State Logic.
Los Ángeles es una ciudad que oculta una maquiavélica trampa. Tras sus amplias avenidas, su clima perfecto y mezcla de culturas, convive la terrible sensación de que todo el mundo puede triunfar. Mientras cruzas Sunset Blv., en tu flamante coche japonés de alquiler, al son de un elegante smooth jazz que emiten en la 94,7, uno espera cruzarse con la gran oportunidad de su vida. Quizás por ello aún pervivan en sus calles tantos aspirantes a actores, músicos, estrellas… gente joven que viajó en autobús sólo con su guitarra al hombro, en busca del archiconocido sueño americano. O tal vez no lleguen en autobús desde alguna recóndita granja de Dakota y esta vez viajen en avión, a buen precio, haciendo escala en Londres, como un servidor. El caso es que vengas de donde vengas, aquello parece estar hecho a tu medida. Y la realidad es que puede que todo no se vea tan fácil al sur del Downtown.
Me cuentan que allí el que tiene talento y se esfuerza siempre llega. Que la ciudad es justa con la gente que vale. Pero que para progresar necesitas tiempo. Las distancias son largas, la paciencia indefectible. Es la ciudad del “take it easy” no lo olvidemos. Y es a primera vista, genial. Como un buen decorado justo antes de filmar. Allí durante un fin de semana hay un movimiento musical mucho mayor que en seis meses en nuestro país. Y conocer a K.C. Porter (Santana, Ricky Martin, Michael Jackson…) mientras se aventura a comprar un helado junto a su hija es perfectamente posible –de hecho, así me ocurrió-.
Tras siete días y muchas horas de grabación, es imposible volverte sin un ápice de tristeza. La generosidad con la que nos trató Rafa Sardina –espectacular profesional y gran amante de los vinos- y su familia, abriéndonos su casa y compartiendo con nosotros algunos lugares de esta maravillosa ciudad, fue indescriptible.
Además pude disfrutar de un desayuno junto a Claudia Brant, compositora argentina afincada allí, autora de multitud de éxitos para artistas latinos de la talla de Cristian Castro, Alejandro Fernández, Luis Fonsi, Ricky Martin… que vive en una casa preciosa entre Canoga Av. y Mulholland Drive. Con ella intercambié grandes consejos.
Ahora una vez de vuelta, aún tengo el regusto que Los Ángeles te deja en el paladar. Te ves con fuerzas y posibilidades. Con algunos contactos de los que tirar y sobre todo que ya pasó lo peor, el miedo a lo desconocido. Ahora sabes cómo llegar, qué coche debes alquilar, en qué lugar debes hospedarte, dónde ir a desayunar, a qué músicos contratar, cómo es un atardecer en medio de la playa de Santa Mónica y a qué puerta llamar en caso de urgente auxilio. Quizás por ese miedo que me persigue a despegar -a ese momento por muchos desatendido y crucial del “todo o nada”- esta última semana se convierta en una experiencia más, sin mayores consecuencias. Una pericia que recordar entre otras tantas que la música te da. Tal vez no vuelva a subirme en ese avión con o sin billete de vuelta. Pero insisto, es esa terrible sensación de que allí todo el mundo puede triunfar la que te araña. La que hoy circula por mi cabeza y gira a la derecha con el semáforo en rojo. La que me inunda en esta paradoja con sabor a yankee. La que hace plantearte esa gran apuesta de cambiar de lugar y de vida. No sé. ¿Sería posible?.
Es tarde. Mañana he de volver al trabajo. Escribir nuevas canciones y seguir con los proyectos que esta aventura americana había aparcado. Entonces ya no habrá tiempo para estas reflexiones. Enfilaré escaleras arriba como un avión enfila la pista. Al fondo, hay alguien muy importante en mi vida, que me espera agitando los brazos, con dos luces.

Gracias Los Ángeles, pero creo que por esta vez, volaré bajo.

Rumbo a casa.


Junto a Rafa Sardina en AfterHours, Los Ángeles, CA

Durarán los buenos

12.11.2007

POSTED IN Blog | NO COMMENTS

fotografía: Escapista

En un acto sin precedentes, me he apuntado al gimnasio. La última y única vez que asistí a un recinto como éste, fue hace unos diez años. Duré unos ocho días. Fue durante la universidad y ya sabemos lo duro que es ese momento de tu vida, trasnochando cual guardia jurado y acusado de un doping crónico. Fue un desliz, lo admito. Pero esta vez era necesario tomar esta espinosa decisión. Exigencias del guión y de una incipiente barriga, de esas donde con el tiempo apoyas la guitarra sin colocar la correa. Pues una de las consecuencias inmediatas de mi esforzado ejercicio, además de rebajar peso, están siendo unas más que animadas charlas matinales con mi amigo alemán y colega de profesión, Bernd Voss. Él ha trabajado con artistas de la talla de Umberto Tozzi, Bonnie Tyler, Dionne Warwick, Backstreet Boys y un sinfín más, tanto en su país Alemania, como en EEUU, Italia, Austria y ahora en nuestra España querida. Con él comparto proyectos, discusiones musicales y cintas andadoras. Y de esta forma, el gimnasio pasa a ser un lugar infernal mucho más grato.

Ante la enorme ola de pesimismo que nos inunda a la mayoría de profesionales del sector musical, ya sabéis, eso de “la cosa está muy mal”, “no sé dónde vamos a acabar”, Bernd tiene la firme teoría de que todo esto no es sólo un pensamiento erróneo, sino que también es falso. Asegura con gran acierto que se está consumiendo más música que nunca, y que el problema reside fundamentalmente en el cd. Esta industria se ha sustentado durante muchos años, en gran medida, en la venta de este soporte, hoy en vías de extinción, y todos hemos reaccionado tarde ante la llegada de las nuevas tecnologías derivadas de la explosión de internet. Durante la aparición de este invento, las compañías discográficas encontraron un gran negocio a corto plazo: vender nuevamente todo su catálogo de éxitos en vinilo pasados a formato digital. El trabajo ya estaba hecho pues todo el mundo demandaba los mismos LP´s que colgaban de sus estantes, esta vez en cd. Cero promoción. Cero inversión en la búsqueda de nuevos talentos. Y a llenarse los bolsillos, volviendo a vender la discografía de los Beatles, Dire Straits o de cualquier banda histórica del rock. El caso es que una vez impuesto el nuevo formato, todos sabían que el presente que hoy nos rodea llegaría tarde o temprano. Porque lo más curioso, es que a veces tengo la impresión que lo que menos importa en todo este negocio, es en el fondo, la propia música. Y me explico.
Columbia, Atlantic, Epic, Capitol, Mowtown… todas fueron compañías disqueras creadas a mediados del siglo XX, que descubrieron y apoyaron a los primeros artistas de gran difusión. Ellos inventaron este negocio, buscaron las primeras líneas de promoción y fueron pioneros en casi todo. Se preocuparon en crear una industria basada en la producción musical, observando que el público demandaba música y se empeñaron en hacérsela llegar. Aún así, ellos se preocuparon porque el mensaje fuera de primerísima calidad. Músicos, artistas y hombres de negocios con un depurado criterio musical. Entonces ¿qué ha cambiado?. La pregunta clave es, por ejemplo, ¿qué hace entonces una compañía fabricante de componentes electrónicos como es la japonesa SONY, dedicada a la inversión y hallazgo de nuevos artistas del panorama musical?. La respuesta: apoyar sus soportes, nada más. SONY compró muchas de esas discográficas para que los artistas que las representaran apoyaran sus nuevos inventos. Y así lo hicieron también con el cd. Ellos venden grabadoras de cds, cds vírgenes, equipos que reproducen cds, es más, junto con Philips tienen la patente del cd como soporte de grabación. Vieron como sus vídeos Beta –qué grandes recuerdos- desaparecían del mercado aún siendo mejores que los VHS, que terminaron floreciendo en todas las casas del mundo. Entonces no tenían forma de apoyarlo. Ahora SONY produce películas –compró Columbia Pictures- y está luchando por imponer en el mercado el famoso lector Blu-Ray que trae su famosa Playstation 3. Hagan sus apuestas porque lo logrará. Pero yo aquí no encuentro músicos, ni hombres de negocios con un depurado criterio musical. Encuentro tíos que hacen unos televisores cojonudos. Y que cobran un porcentaje por cada cd virgen que se vende, sea para piratear a uno de sus artistas o no. La música es una línea más de su negocio, porque son ellos los que deciden en qué equipo, altavoz, formato, o nuevo invento se va a comercializar o simplemente, vamos a escucharla. Para que nos hagamos una idea: SONY consiguió que los camiseros de todo el mundo cambiaran el tamaño del bolsillo de una camisa clásica, con la medida exacta para que entrara un cd, cuando antes los bolsillos eran todos más pequeños. Detrás de los dos éxitos españoles musicales a nivel mundial más recientes como son “Macarena” y “Aserejé” se encuentra SONY, el Real Madrid de las disqueras y la única capaz de convertir esas canciones en fenómenos mediáticos. Pero quien dice SONY podría decir Universal que es parte de la francesa Vivendi, BMG -que ha sido una editorial de libros antes que compañía de discos-, Warner que es la tercera major más antigua de Hollywood… y muchos otros casos. Todas tienen su pequeña historia detrás, que poco o nada tienen que ver con el pentagrama. Por lo que tras este desfile de intenciones y despropósitos, uno no deja de preguntarse ¿dónde queda la música en todo este circo?. No digo que no haya profesionales de la música en estas compañías quebrándose el coco por sacar proyectos y artistas adelante, pero si a los que verdaderamente mandan, esos cuyos despachos se hallan en la última planta del rascacielos, les interesa más sacar un nuevo reproductor de audio portátil, que alguien de calidad que suene en él, no será que ¿les estamos exigiendo demasiado?. Quizás es hora que nuestra música nos pertenezca sólo a nosotros y que la industria mude de piel. Quizás haya que asumir que nada es lo que fue.
Si lo pensamos fríamente, hay más canales de televisión que nunca, más estaciones de radios, más vías de comunicación, en definitiva, más medios para difundir la música. Estos últimos seis meses yo mismo he notado que he trabajado en numerosos proyectos que poco tenían que ver con el mercado discográfico. La Publicidad, el cine, la televisión, los videojuegos… se alimentan inexorablemente de la música. Cada preasamblea de la SGAE a la que acudo, observo sorprendido como mientras cae la recaudación por derechos mecánicos (ventas de cds) hasta un abismo sin fondo, sigue aumentando año tras año el ingreso por comunicación pública, conciertos, redes, dramáticos…
Entonces ¿por qué tanto pesimismo incontrolado?. El futuro sólo puede ser mejor que el presente. ¿O no?.
Mi apreciado colega Bernd lo tiene muy claro. Yo lo veo correr sobre la cinta y al terminar siempre comenta “debo darme más caña”. Imperturbable, con esa seguridad que da su planta alemana y tantos años de experiencia en primera línea de fuego. “De aquí a muy poco, muchos desaparecerán, sobre todo los que han hecho más daño a esta industria, y al final sólo quedaran los que tienen ganas de hacer cosas. Los que apuesten por la música. Los buenos”, dice mientras se seca el sudor.
“Los buenos”, querido amigo. Ojalá los buenos duren más que tú y yo en este maldito y despiadado gimnasio.

Explicaciones para todos

31.10.2007

POSTED IN Blog | NO COMMENTS

fotografía: Rosella Neiadin

Me he esforzado en dar explicaciones, aunque nunca he sido yo el que ha dado el primer paso. Eso de dedicarme a lo que me dedico despierta la curiosidad de muchos, y la desinformación al respecto es grande. Muy pocos entienden verdaderamente que nuestro oficio sea tan libre y sencillo como el de hacer canciones. Eso, no puede ser un trabajo. Y si lo es, está claro que lo mejor es que te busques uno nuevo. Los amigos preguntan. La familia sospecha. Los vecinos sentencian. El peso de la hipoteca aplasta cualquier halo de esperanza en la vocación natural de la raza humana. Y qué profesión hay más antigua y a la vez, humana, que el de contar historias, con una pluma, un pincel, una cámara o un piano. ¿En qué momento dejamos de creer en eso?, o al menos, ¿de entenderlo?.
“No hay respeto por nada” es una de las frases más oídas en esta tierra de alegres libertades en la que vivimos. La sociedad de muchos derechos y pocos deberes, la bautizan algunos. Pero lejos de refregar esta reflexión por la triste cebolla que es la clase política actual, antes de convertir cualquier problema en una guerra partidista de intereses de unos pocos y ahogar las penas en un par de amnésicas cervezas, diré que no hay respeto por la música, que es “nada” para algunos y “todo” para mí.
El problema de la piratería tiene multitud de explicaciones y puntos de vistas. Muchos de ellos son totalmente ciertos, le guste o no a la SGAE o a los fanáticos defensores de los derechos de esta nueva especie a la que pertenecemos muchos marineros de nuevo siglo, llamada los internautas. Resquicios en la ley, cuestiones intangibles, barreras contra el progreso… Me he tomado la molestia de leer el código penal y la ley de propiedad intelectual y puedo asegurar que en mi opinión todos, a su manera, mienten. Pero si auscultamos como buen doctor la raíz de esta patología yo me quedo con algo fundamental: ¿Por qué queremos gratis lo que nunca lo ha sido?. Si algo es gratis, la gente es capaz de hacer cola hasta para recibir collejas. La prueba es sencilla, no hay más que buscar cualquier regalo que incluya un periódico en fin de semana, del tipo: “libro de Macroeconomía Avanzada bajo las teoría keynesianas”, y la fila que se forma delante del quiosco cruza la manzana. Salvo delincuentes congénitos y otras excepciones, uno no entra en una tienda de ropa, se prueba unos zapatos y sin pasar por la caja, se va a su casa con ellos puestos. No hasta que, claro está, todos tengamos una máquina en cada hogar, que introduciéndole un trozo de cuero barato, te cosa una copia de unos Lotusse de ciento noventa euros el par. O mucho mejor, que salgan los zapatos por la impresora, negros y brillantes, listos para pasearse. Entonces ¿para qué la tienda?.
Vivimos en el mundo de lo fácil, pero mucho peor, de lo falso. Seguramente el mundo ni siquiera sea mundo, más bien sea una imitación de lo que un día se llamó mundo. Y aquí estamos sin coscarnos. Somos felices comprando camisas de Dolce & Gabbana a diez euros sobre una manta y la única razón es que, como en apariencia son iguales, uno termina por asumir que han sido cosidas a mano por los modistos italianos. El caso es que uno va por ahí paseándose con una camisa falsa de diez euros que le hace sentirse bien, pero es incapaz de gastarse un euro -que es por ejemplo, lo que vale comprar en iTunes legalmente una canción- que le encanta. Esa que le recuerda a un viaje pasado, a un amigo cercano o que simplemente escucha cada mañana, entre una marea de coches, justo antes de entrar a trabajar. Un euro es lo que vale un café, la propina que das al aparcacoches o menos de lo que cuesta un molesto politono. Por lo tanto, no es un problema tecnológico, ni económico. Es un problema de respeto. Nos da exactamente igual quién haga qué y de qué forma, mientras llegue a nuestra mano a la voz de ¡ya!. Y ahora son la música, las películas y el software. Cada vez y de forma más potente se están introduciendo la ropa, los medicamentos, las entradas de los eventos… Y el día que alguien invente el Emule de los Bolsos cerrarán los grandes almacenes.

Me he esforzado en dar explicaciones, empecé a decir. Pero al igual que es imposible hablar de todo esto sin parecer demagógico –y juro que siempre lo he intentado-, es inútil cambiar mi entorno, mantener esta conversación con alguien a quién su trivial curiosidad sólo le empuja a preguntar cuánto dinero se lleva un autor de cada canción por bajada legal. La respuesta es sencilla: muy poco. De ese euro, poquísimo. Pero muy poco es mejor que nada, y esa es de las primeras cosas que el hombre aprende en esta vida. El mercado de lo falso siempre ha existido, pero el límite claro y preciso que marcaba su parcela se ha ido diluyendo. Nadie sabe distinguir lo que está dentro y fuera de ese área. En el aspecto musical, las compañías discográficas han inundado el mercado de gente que hacen pasar por artistas con el firme lema de “todo vale”. Esos que empiezan a cantar, luego anuncian champú y terminan presentando programas. ¿Alguien ha visto alguna vez a Sabina anunciando champú? ¿A Camarón, a Lenny Kravitz, a Calamaro, a Bebe…?. Ya nadie sabe lo que es de verdad y lo que no. Quién es real y quién es una falsa creación. La desconfianza es total y la ley máxima de esta industria en los últimos años ha sido que cualquiera puede triunfar, y eso es mentira. Parece que todo está en manos de la suerte, que todo depende de los contactos y el tamaño del chanchullo. Y por culpa de todo esto alguien que tiene verdadero talento termina quemando horas en ZARA o revelando radiografías, cagándose en la madre que parió a los que manejan los hilos de esta amarga comedia. Pero no nos equivoquemos. La culpa la tenemos todos. Por apoyar y aplaudir siempre los atajos, los rumores, las réplicas. Lo falso.

Muy pocos entienden verdaderamente que mi oficio sea tan libre, sencillo y real como el de hacer canciones. Esto creo que ya lo he dicho. Pero yo me he esforzado en dar explicaciones hasta a mi suegra de cómo me gano la vida. A la chica de la limpieza, al banquero, al del bar del desayuno, a mis vecinos, al amigo que no compra un disco original ni aunque sea mío, al que iba a menudo pero ahora hace un siglo que no pisa una sala de cine ayudando a que la taquilla caiga en un 40%, al metrosexual que compra las camisas de Dolce & Gabbana a diez euros y al que encarga sucedáneo de viagra por internet… En definitiva: explicaciones para todos.

Y tengo la terrible sensación que nadie me cree.

Son pasadas la medianoche. Silencio. Un respeto.

Que aquí, aunque parezca mentira, seguimos trabajando.

foto: Gonzalo Sainz-Trápaga

Han pasado cinco años desde que recibí mi primera llamada oficial de una editorial. En realidad fue un día cualquiera, con un cielo que no recuerdo y en plena calle, dirigiéndome a no sé dónde qué sitio. Después de todo un año enviando cedés -de todos los colores y tamaños, y esto es literal- junto a mi socio y grandísimo letrista Jesús Domínguez, por toda la geografía española, aquella invocación parecía provenir del mismísimo cielo. Y no, no fue San Pedro ni mucho menos quien predicaba por el altavoz. Tras el aparato se encontraba San Javier Dean, entonces A&R de BMG Ed., y actualmente en EMI. Nos llamó a la cuarta canción, convencido de que podía mover nuestro repertorio y con suerte, acceder a un catálogo de artistas para nosotros inalcanzables. Aquello encendió la mecha de la ilusión y sin dudarlo ni un solo instante, faltos de cariño, viajamos a Madrid a conocer al responsable de que con sólo una llamada, nuestra autoestima cotizara en Bolsa.
Javier Dean es un encanto de persona. Recuerdo su despacho compartido, colmado de maquetas. Había cedés apilados hasta en la cornisa de la ventana. A pesar del trato exquisito y la gran oportunidad que se nos presentaba, salí de allí bastante preocupado. Fui consciente en aquel mismo momento de que había muchísimos autores como nosotros que habían dejado su material sobre aquella enorme montaña de sustrato de policarbonato plástico. “¿Cómo demonios van a reconocer y valorar nuestro trabajo entre todo aquello?” pensé, olvidándome por completo que ya lo estaban haciendo.
No hacía mucho que había dejado Madrid tras mi etapa universitaria y mientras recorríamos de vuelta la avenida de Los Madroños, antigua sede de la editorial, me sentí como el personaje provinciano de Paco Martínez Soria paseando por la capital. Armados con un teléfono y un listín casero impreso de varias páginas webs, probamos suerte en otras editoriales y compañías. “Somos jóvenes autores”, “hemos viajado hasta Madrid” y “si tuvierais unos minutos” fueron las frases más empleadas. Y funcionaron. Nuestras primeras canciones con una artista de la disquera de Pepe Barroso nos permitieron reunirnos con José María Martínez, entonces director artístico de PEP´S. Con fortuna telefónica nos citamos con Dominic Gibson y Jesús Amaro, residentes de la Editorial NOVA, perteneciente a aquel estúpido ejemplo empresarial llamado GRAN VÍA MUSICAL. Con Juan Tomás Tello de EMI nunca logré hablar, aunque sí con su amable contestador varias veces. Y para acceder a UNIVERSAL utilicé el nombre de un contacto que me chivaron desde Sevilla, aunque de poco sirvió, porque no conseguimos pasar de los sofás que acompañaban la recepción. Recuerdo que habíamos compuesto un tema para Sergio Dalma que denominábamos muy orgullosos: “el tema”. Lo grabamos en un cd, imprimimos el título lo más grande posible y lo entregamos allí, al lado de una señorita que no paraba de contestar al teléfono.
En cinco años todo ha cambiado. Javier Dean ahora trabaja en Emi y su anterior editorial la ha comprado Universal. Pep´s apenas existe y lo poco que encuentro de ellos es el sello de la ranita detrás de algunos de sus antiguos artistas que hoy trabajan con otras compañías. Nova, Muxxic y Gran Vía Musical desaparecieron, y con ellos aquel tipo excéntrico y divertido de nombre Dominic, quien de pié en su despacho gesticulaba sin freno, tocando solos de batería en el aire -¿qué será de él?-. Universal tenía dos hermosas plantas en un gran edificio que se han convertido en una, y además a Sergio Dalma nunca le llegó nuestro tema. Esto lo sé de muy buena tinta –más bien de su propia tinta-, porque ha sido este verano cuando al fin lo ha escuchado, y ha estado muy cerca de incluirlo en el nuevo álbum que está acabando. Cinco años después.
Alguien definía el mundo de la música como una gran estación por donde pasan innumerables trenes. Al contrario que en otras profesiones donde las oportunidades son escasas y surgen una vez en la vida. Aquí el problema no es pillar un tren. Más bien es que nunca sabes dónde vas a acabar. La mayoría llegan a sitios cercanos, a rincones comunes y vuelta a empezar. Pero a veces el trayecto es más largo, cruza océanos y continentes. Y te ves tocando, escribiendo o colaborando en lugares insospechados. Un día suena el teléfono y te comentan que alguien quiere grabar tu canción en El Líbano, y no sales de tu asombro pensando cómo cojones has llegado hasta esa parada.
Nosotros tomamos el tren que iba a Madrid hace cinco años, el AVE para más determinación, y aprendimos a movernos por esta gran estación. A ponernos en la cola. A comprar buenos billetes. Aquel tema que hicimos para Sergio Dalma hoy se encuentra grabándose en México, de la mano de un gran productor llamado Memo Gil –Maná, Ricardo Arjona…- y un genial artista llamadoMijares.
El título, lo más paradójico. “Y sigo aquí esperando”.
Cinco años después. Como viajeros en el andén de la música.

Estas palabras están dedicadas con mucho cariño a Javier Dean. Por ser el primero.

fotografía: Satanslaundromat

Los libros de Milan Kundera acompañaron mis mañanas universitarias allá por Madrid, cuando Internet era una carretera comarcal recién asfaltada y muy pocos gozaban de un buen automóvil para cruzarla. Entonces uno no quemaba su tiempo en viajes lentos y absurdos, hacia ningún lado. Se quedaba en las escaleras de la facultad, leyendo obras como “La insoportable levedad del ser” de cara al peatón, esperando que alguna chica guapetona y de obligado aspecto intelectual se arrimara curiosa. Explicar lo insoportablemente leve que era el ser para el escritor checo, daba suficientes motivos para tomar un café y “algo más”.
Hoy en día si deseas tomarte un café y “algo más” con cualquier editor, A&R o mandamás de alguna compañía discográfica, más te vale haber tenido algún golpe de suerte, llámese canción, disco o tocata, con cierta repercusión. Si no es así, es probable que hasta te toque a ti pagar la merienda. No hace mucho, en una gala organizada por SGAE llamada “La noche de los autores” coincidí en la mesa con Pedro Herrero, componente del grupo Los Pecos, todo un clásico, y me recordó con enorme sabiduría que en la industria musical, como en la vida, “a la primera siempre invitas tú”. Pero tras esa costosa ronda, todos buscamos con cierta esperanza que más pronto que tarde se cambien las tornas.
¿En qué momento pasamos de ser el tío pesado que llama a las discográficas, al tío orgulloso que recibe las llamadas de las mismas?. Muy fácil. Cuando haces éxito.
El éxito es un concepto bastante general y muy manipulado, por lo que a veces parece imposible desligarlo a la imagen de grandes gafas de sol, coche con chófer y dinero lloviendo en tu patio. Éxito también es superar con entereza una grave enfermedad, formar una familia unida o enviar una misión de reconocimiento a Marte. El problema es que la Música es en gran parte mercado, y en ese parqué nadie entiende de medicina, de estirpe ni de naves espaciales. Todo es insoportablemente más sencillo si alguien confía en ti y en tu trabajo. Es curioso como una frase del tipo: “fue el que compuso tal canción de fulanito”, o “fue quien produjo tal o tal éxito” ejerce una inaudita transformación en el oído del responsable en cuestión, que en milésimas de segundo comienza a percibir arreglos, detalles y fragmentos de letras antes invisibles. Da igual a qué escala, con más o menos presupuesto… Siempre es lo mismo, sea Sony BMG o una pequeña disquera de barrio. Si has hecho éxito, la insoportable levedad de tu trabajo engordará, cogerá kilos por momentos. Se volverá soportable y necesaria, porque te dará ese espacio que te corresponde. Esa sensación de que vas bien encaminado, orientado en esta insoportable carrera de fondo, como un etíope concentrado hacia una meta.
¿Que cómo se alcanza el éxito?. Eso nos preguntamos muchos. El científico Eduardo Punset habla de ello en un artículo publicado en XLSemanal el 14 de Octubre de 2007, que he podido resumir en varias pistas:
1 - La primera pista para tener éxito es quererlo. Fijarse objetivos es imprescindible, pero hay personas que cifran expectativas desmesuradas; al no alcanzarlas, generan ansiedad y miedo. Otras se ponen objetivos por debajo de sus posibilidades, sin alcanzar los niveles de creatividad necesarios para el éxito.
2 – La segunda, la paciencia. Las prisas son malas compañeras del éxito no tanto porque no dan tiempo para pensar, sino, simplemente, porque estresan.
3 - Compartir ideas. En lugar de predicar todo el rato para que lo entiendan a uno, es fundamental intuir lo que piensan los demás, aunque pertenezcan a universos distintos o separados.
4 - Convertir el gusto o la vocación por algo, en enamoramiento. Es difícil convencer de algo de lo que no se está enamorado.
5 - Persistir en el empeño. Lo normal es pecar por defecto y tirar la toalla. Las ideas brillantes requieren tiempo para tener éxito.
6 - Probar y hacer cosas nuevas. Construir entornos insospechados en los que asentar emociones nuevas.
7 - La última pista para tener éxito no es realmente una pista. Y se le suele dar, sin embargo, una gran importancia en todas las culturas: la suerte.

Así que como si un recetario se tratase aquí me hallo atando cabos, de madrugada, guitarra en mano, intentando seguir a rajatabla las palabras del sabio Punset, en busca de la fórmula mágica. A la que yo sin duda le añadiría un último y esencial ingrediente marca de la casa: la insoportable obligación de creer en ti y en tu trabajo por encima de todas las cosas. Como un deber natural y legítimo. Así al menos lo imagino yo, mientras camino en esta interminable maratón, como mi mente camina en busca de una nueva canción que me adentre un paso más allá. Invitando a más de una ronda, a mi pesar, a veces. Pero avanzando. Hacia donde el camino parece más fácil. Y quizás, lo más fácil sea perderse.

photoart: Joel Ormsby

Nace la tarde en este ruidoso mundo aunque desde dónde me encuentro, apenas escucho el persistente rumor del aire acondicionado. Tengo la suerte de trabajar sólo con el ruido que yo mismo produzco, lejos de la estresada ciudad. Aunque para azuzarme llamen al mismísimo Justin Timberlake con su último álbum “FutureSex/Lovesounds”, hoy no pienso dejar que nada me sobresalte. Hace unos días volví de Ámsterdam, donde me colé en una pequeña tienda de antigüedades a orillas del río, para agenciarme el “Rumours” de Fleetwood Mac en vinilo al abusivo precio de dos euros. El caso es que ojeando los discos caí en la cuenta que en la actualidad frases del tipo “Grandes Intérpretes” han pasado a mejor vida, como el polvo, la aguja y aquella extraña esponja que uno pasaba justo antes de escuchar su LP preferido. Hoy todo artista que tiene más o menos cierto éxito, escribe sus propias canciones y eso se llama ser “Cantautor”. Es una realidad. Y bastante negra para los que nos dedicamos profesionalmente a esta labor.

Los derechos de autor se han convertido en un pilar básico no sólo para las compañías disqueras, que cuentan hoy todas –grandes y pequeñas- con sus propias editoriales. También para los artistas, que lejos de preguntarse si tienen o no talento para tal oficio, se lanzan en busca de un ingreso extra, que sustituya y con creces, a los extinguidos royalties por venta.
Aunque este es el caso de sonados fracasos, existe una variante a esta evolución natural que he observado y respeto, en artistas cuyas carreras tienen una vida algo más larga. Muchos son los intérpretes que han acariciado el éxito con canciones de otros autores, que poco a poco van teniendo la necesidad imperiosa de contar sus propias historias. Todas la grandes figuras de la música han tenido un papel relevante a la hora de lanzar sus carreras -componiendo, produciendo, o simplemente aportando ideas- además de cantar. Y se debe esperar de cualquier artista inquieto, que dé más que una nota afinada. Pero esto, en personas que no empezaron escribiendo sus propias canciones, pasa cuando uno ya ha echado su carrera a andar. Y no antes.

Hoy muy pocos quieren ser “grandes intérpretes” de los demás. En parte porque hoy cualquiera compone una canción, graba un disco en su casa y lo hace sonar en la radio. Y encima cobra un dinerito por ello. Salen grupos y solistas por generación espontánea y entre el público, y lo peor, entre las propias disqueras, siembran la sensación que cualquier cosa por muy mal que esté compuesta, cantada o grabada, puede convertirse en un superéxito en cualquier momento. Esa es la teoría del “pelotazo”, la misma que te hace echar La Primitiva todos los jueves, no nos equivoquemos. Nada tiene que ver esto con la música, pues es igualmente aplicable a otras actividades ajenas a ésta. El problema es que las compañías hacen creer a estas personas que son grandes artistas, los animan a escribir, los suben al escenario y a los dos años, los envían nuevamente al instituto, al súper o directamente a la cola de cualquier oficina del paro. Nunca sacan de trabajar a un ejecutivo de cuentas de la firma Loewe. ¿Qué pasa? ¿es que los ejecutivos de cuentas de Loewe no saben cantar?. Esto también es un negocio, pero aún así, ni siquiera se preocupan de aprovechar al máximo sus posibilidades. La probabilidad de éxito de un artista malo con una canción horrible es igual a cero. Pero la de un artista malo con una buena canción es algo mayor. Y los artistas son humanos y aprenden, van mejorando. Por lo que si no tienes sentado frente a tu mesa a Shakira (qué casualidad, otra que escribe sus propias canciones)…¿tanto cuesta buscar un repertorio decente?. Es tan simple como tomarte en serio lo más básico y fundamental de esta profesión: sin artista y sin canción, no tienes nada.

Cae la tarde, abro la ventana y escucho a lo lejos el pasar de algunos coches. A mi pesar, Ricardo Arjona, Shakira o Alejandro Sanz nunca necesitarán de mí, ni de mi música, ni de mis historias para continuar con sus exitosas carreras. Es obvio. Pero no todo el mundo es Arjona. Y para los cortos de oído lo repetiré. No todo el mundo es Arjona.

Escucha el album completo en SPOTIFY

Categories

Compra el disco en iTunes
Ir al grupo de facebook
Compra el disco en like
Compra el disco en espace
Entra en Reverb Nation
Letras del disco en pdf